200414 Maldito mes de Abril.

Llevo sin escribir en este blog desde el pasado año, las circunstancias personales y las que tenemos todos con el confinamiento ha impedido que realizara ningún viaje en bicicleta y os lo pudiera contar por este medio.

Ahora que estamos todos encerrados, he tenido que hacer un viaje que no deseaba. No ha sido en bici, no me apetecía nada y ha sido a Valladolid. El pasado día 12 falleció en esa ciudad mi madre: Magdalena de la Fuente Díez.

Mi madre, una mujer que nació el 24 de Junio de 1926 en Canalejas de Peñafiel. Tras pelearse toda su vida con los distintos infortunios con los que se fue encontrando, ha tenido los últimos diez días que pelearse con el COVID-19, y precisamente ese “puto” virus es el que ha acabado con su vida.

Aunque la copia que pongo del acta de nacimiento de mi madre figura que nació el día 1 de julio, es falsa, mi abuelo se demoró unos días en ir a inscribirla y de verdad nació el 24 de Junio.

Como tantas y tantos de su generación, nació en un pequeño pueblo de Castilla. Como mi abuelo Gregorio era albañil y no tenía tierras, tuvieron que moverse en los años 20 y 30 del siglo pasado, entre los distintos pueblos de la comarca: Campaspero, Langayo, Canalejas de Peñafiel, hasta que en plena guerra toda la familia se trasladó a Valladolid, donde deseaban encontrar mejores perspectivas de trabajo y por tanto una mejor vida.

Cuando llegaron a Valladolid todavía estaba en edad escolar (la de entonces) y gracias a las gestiones que hizo mi tío Leonardo – era el que llevaba la leche a las monjas, la admitieron en el colegio de la Enseñanza. Y allí debió estar dos o tres años. Teniendo en cuenta que uno de los polvorines que había en Valladolid estaba en la capilla de ese Colegio y que más de una y más de diez veces tenían que ir al refugio, pues imaginar la educación que recibían en aquella época.

Mi tío Leonardo, hermano de mi madre, consiguió que mi madre y mi tía Sara fueran al Colegio de la Enseñanza. Siempre estuvo muy unido a todos nosotros.

Mis abuelos tuvieron algo de suerte en el ámbito laboral y mi abuela María se colocó de portera en la calle Teresa Gil, en una casa de la viuda de Santarem, donde estaba el afamado por entonces, fotógrafo Gerboles y mi abuelo, que ya he citado antes (Gregorio) gracias al marido de una hermana de mi abuela (el tío Toribio de mi madre) consiguió un trabajo de Sereno.

A la edad en que podía trabajar, se colocó mi madre en un taller de costura como planchadora y allí estuvo varios años, durante la posguerra, en la que nadie cotizaba por ella. Eso sí, aprendió el oficio. Pasado ese tiempo consiguió un nuevo trabajo en Casa Rayo, situada en la Calle Miguel Iscar de Valladolid (junto a la Plaza Zorrilla) y allí estuvo trabajando hasta que se casó con mi padre.

En aquellos tiempos, cuando las mujeres se casaban tenían que abandonar su trabajo y así hizo mi madre.

De cómo se conocieron mi padre y mi madre solo tengo intuiciones, mi padre era amigo de mi tío Juanito y este era hermano de mi madre. Durante el noviazgo mi padre se fue a la “mili” y estuvo entre África y Sevilla casi tres años, en los que la planchadora (mi madre) estuvo mandando cartas y recibiéndolas como toda comunicación con su novio. No hay ninguna como muestra.

Finalmente se casaron el 2 de Septiembre de hace muchos, exactamente en 1950, casi setenta años.

A partir de ese momento tampoco su vida fue fácil, sufrió una meningitis, perdió a su primera hija, ya que según siempre contaron nació muerta y en su segundo embarazo dio a luz a mi hermanos Luis Alberto que tras un derramé cerebral en el nacimiento es un disminuido psíquico. Pese a todo siguió tirando hacía adelante.

Vivían en una casa con “derecho a cocina”, es decir tenía una habitación, un W.C. compartido en la galería de la casa y podían compartir los fogones de la cocina. En la Calle Héroes de Teruel, 9 – actualmente Doctor Cazalla – y en esas condiciones vivió nueve años.

Cuando yo iba a cumplir los cuatro años, nos fuimos a vivir a la primera casa que iba a ser para nosotros solos. Estaba en la calle Salve Regina (Barrio de la Victoria), que según mi abuelo Gregorio estaba especialmente lejos y encima la casa daba al norte, por lo que jamás le dio el sol.

Las condiciones habían mejorado, pero durante mucho tiempo faltaba el agua, tenía que desplazarse con mi hermano a mucha distancia para que le dieran algo de atención en un colegio de educación especial (entonces no se llamaban así). Primero tenía que ir con una silla de “bebe” reforzada, y mi hermano tenía más de seis años, a la parte de atrás del Teatro Calderón y posteriormente a la calle Ruiz Hernández. Siempre empujando la silla, siempre cumpliendo con la función que ella se había asignado de Madre.

Participó con mi padre en la captación de socios para ASPRONA (Actual fundación Personas) y nos cuidó con esmero mucho tiempo.

Cierto, que como todas las madres, no admitía replica, pero así estaban las cosas, luchaba siempre para sacar adelante a la familia.

Trabaja en casa como lo que eufemísticamente llamaban durante la dictadura en “Sus Labores” y además tenía una serie de clientas como planchadora y en casa además de atendernos, llevar a mi hermano al sitio donde tuviera que ir a realizar su formación, en un tiempo en que la gente se mofaba de los discapacitados y teniendo que aguantar los escarnios mal intencionados sobre mi hermano.

Junto a mi padre, trabajaban y trabajaban para llegar a una situación económica mejor. Mi madre como ya he dicho planchando y mi padre en su trabajo de la Renfe y como electricista para distintos clientes tanto particulares como empresas que les iba permitiendo mejorar su situación.

No dejaron de padecer contratiempos, les timaron en una vivienda que estaban comprando en la calle Leopoldo Cano de Valladolid. Mis abuelos que vivían en la plaza del Rosarillo de Valladolid después de que mi abuela se jubilara de portera les desalojaron de la casa y tuvieron que irse a vivir con nosotros junto con mi tío Leonardo. Todas esas situaciones las fue soportando con bastante estoicismo, seguro que le fue dejando un poso en su vida, pero cada mañana se levantaba para que la vida para todos fuera lo mejor posible.

Ese tiempo pasó y después de esas vicisitudes, acabo viviendo en la Huerta del Rey, cuando ese barrio no tenía prácticamente ninguna infraestructura, pero la vivienda era mejor y sobre todo estaba situada mucho más céntrica que la del barrio de la Victoria.

La verdad es que en esa casa prácticamente yo no viví con ellos mucho tiempo, en aquellos años “los jóvenes” nos emancipábamos bastante pronto. En esa casa, ocupándose siempre del bienestar de mi padre y de mi hermano creo que vivió muy feliz.

Es cierto, que por falta de costumbre, porque siempre estaba pendiente de atender a mi hermano, o por la razón que nunca llegué a entender, casi nunca disfrutó de vacaciones. Un par de veces a la residencia de Tiempo Libre de Cádiz, otra quincena a la residencia de Tiempo Libre de Marbella y alguna semana suelta a casa de mis tías Rufina y Lucía en Gijón.

Cuando se jubiló mi padre, allá por el año 1988 cambiaron sus costumbres, cada tarde junto con sus amigos Agustín y Esperanza salía para ver alguna película en la Universidad o la Caja de Ahorros, ver una exposición o asistir a algún acto. Si era verano y no había tantos actos culturales pasaban un buen rato por la tarde en Las Moreras en compañía de los amigos citados y otros que seguro olvidaría alguno y por tanto no cito.

Sufrió una fuerte depresión, cuando mi hermano, disfrutando de la previsión que habían tenido fue a vivir a un piso tutelado de la Fundación Personas en el Paseo Obregón, tras un par de años en los que delegar sus funciones de cuidado de mi hermano en los y las cuidadoras de ese piso, volvió a remontar y continuó junto a mi padre con sus actividades, siempre acompañados de su amiga Esperanza.

Mi padre, falleció el 16 de Abril de hace cinco años (maldito mes de abril) y desde entonces mi madre, que había estado casada con él un total de 65 años ya no fue la misma, le faltaba su compañero de toda una vida. En ese mes, hace 31 años falleció también Mercedes Fernández Martín, mi compañera en aquel momento. (maldito mes de abril)

Prácticamente el último año de vida de mi padre estuvo cuidando de él, con una fortaleza impropia de alguien de su edad. Ya decía antes, que desde el fallecimiento de mi padre había cambiado, era menos comunicativa y añoraba permanentemente lo que había sido su vida: cuidar de su hijo que más le necesitaba y convivir con la persona que había elegido para toda su vida.

Estos últimos cinco años es cuando yo he tenido más relación con ella, he ido a Valladolid a verla todas las semanas y desde que se fue a vivir a una residencia (19 de julio de 2018) he pasado con ella al menos dos días por semana. Es cuando ha aprovechado para contarme cosas de su infancia en Canalejas, de cómo era el Colegio de la Enseñanza cuando ella estudiaba allí, de su tío Toribio que la llevaba junto a sus primas Maysa y Jose a la Fuente del Sol, a las Arcas Reales y a otros lugares de esparcimiento de la ciudad de Valladolid en la Posguerra.

También me habló de su vida en la calle Itera (que nunca supe dónde estaba), en la calle Teresa Gil, de sus vacaciones en Galicia cuando realizaba el Servicio Social, etc.

Vamos, de su infancia y juventud de la que generalmente no había hablado.

Han sido unas jornadas en la residencia muy intensas. Si estaba bien me contaba distintas historias de las que he comentado, si estaba mareada uno no sabía qué hacer para que estuviera bien.

El último mes ha sido muy difícil, cerraron la residencia como medida preventiva, intentaba hablar con ella cada día dos veces, unas veces me cogía el teléfono, otras le tenía descolgado, otras no me oía, pero sobre todo, no entendía la razón por la que no hacíamos como siempre y la visitábamos.

No sé, seguro que su vida se podría contar de una forma mejor. Seguro que se le podría hacer más justicia a una vida llena de esfuerzo, que podría haberme esforzado más para que sus últimos días fueran más cómodos. 

Ella ha sido un ejemplo de mujer que ha vivido casi un siglo, esforzándose siempre por los suyos, quedará oculta en el marasmo de personas que han perdido la vida con el COVID-19, pero mi obligación es rendirle el homenaje que se merecía, no ha sido posible hacerle un acto de despedida como se merecía, en su incineración estábamos mi prima Sara, Javier (su marido) y yo. Una despedida triste e inmerecida. Muchas más personas hubieran querido asistir a despedirla.

Esta entrada en mi blog, que es excepcional, no se refiere a ningún viaje, se refiere a toda una vida, la de una mujer que ha vivido noventa y tres años y medio, que ha trabajado toda su vida y a la que la sociedad le debe su esfuerzo, como a tantos hombres y mujeres de su generación.

No tengo ni idea de cuando voy a volver a viajar. No quisiera hacer una entrada tan triste como esta en mi blog. Ojala todos estéis bien y os cuideis mucho.

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11 comentarios

  1. Diosssss Mariano…..qué bonitoooooooo. ……allá donde esté seras su orgullo. Un abrazo amigo…..y que mis lágrimas resten en las tuyas…

  2. Amigo Mariano. Me ha emocionado mucho tú relato, no sé si por como lo has contado o porque mi madre también tiene 93 años y yo que soy de lágrima floja, no he podido evitarlo. Estoy seguro que tú madre aún no entendiendo la situación de estos últimos días, tiene otros muchos y muchos días que lo diste todo por ella y lo sigues dando por tú hermano. Me encantaría darte un fuerte abrazo. Espero con ansia el día que te lo pueda dar. Mientras tanto, recíbelo de todo corazón

  3. Me he emocionado leyendo esta entrada de tu blog. Muy bonito relato sobre la vida de tu madre. Lo has contado con mucho cariño y lo has transmitido a los que lo hemos leído. Justamente ayer me felicitabas por mi cumpleaños y tu madre había fallecido el día antes!!! , los contrastes que tiene la vida!!!.Mi madre también nació en 1926, murió hace 42 años, con tus palabras me vino al recuerdo, al igual que el de Mercedes. Un abrazo muy fuerte AMIGO

  4. Mariano me acabo de enterar que ha fallecido tu madre, mi más sentido pésame y ánimo para poder sobrellevar este momento tan duro.Cuidate mucho y un abrazo muy fuerte.

  5. Hola Mariano,

    Cuando vi el título del mail, pensé que ibas a tratar el maldito confinamiento, pero de veras que lamento mucho leer esta triste noticia.

    Recibe mi mayor respeto para ti y tu familia en estos momentos.

    Y a la vez te pido que pienses, que en el futuro, cuando vuelvan mejores momentos y volvamos a poder disfrutar de tus aventuras, siempre nos quedará asociado este escrito en homenaje a tu madre y a la de los fallecidos por esta maldita epidemia.

    Un abrazo.

    Miquel Rovira

  6. Llorando estoy mi querido Mariano, no has hecho más que constatar la historia de una gran mujer. No he podido evitar acordarme de la mía, que también nació en el mismo año, aunque falleció ya hace siete, y de como prácticamente todas las mujeres de su generación se dejaron la piel luchando todos los días de su vida para sacarnos a todos adelante, así que no puedo más que darles todo mi grandísimo reconocimiento y desear que allá donde estén alcancen la felicidad que se merecen, y a ti un abrazo enorme como adelanto al que te daré cuando te vea. Un beso

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