230507 En casa y sin HORTENSIA.
Acababa mi anterior entrada desde Santiago donde os conté que había finalizado mi Camino de Santiago Francés y que había enviado a Hortensia por correos.
En la mañana del viernes día 5, como ya estaba acostumbrado, me levanté tan pronto que cuando había recogido los pocos bártulos que me quedaban, había bajado a desayunar en un bar de las proximidades, había vuelto a subir a la habitación y perdido el tiempo, todavía quedaba más de una hora para que abrieran el centro de asistencia al Peregrino para obtener la Compostela. No es que me preocupen mucho ese tipo de papeles pero ya que te pones lo haces del todo. Paseando por Santiago de buena mañana, parando para ver que hacían los habitantes de la ciudad a esas horas (solo circulaban por la calle gente que vive en Santiago) llegué a la citada oficina a las 8:45 horas, es decir un cuarto de hora antes de que abrieran el negociado.
Aun llegando con ese tiempo de antelación ya estaban 20 peregrinos y peregrinas delante de mi en una cola que por el momento se me hacía un poco innecesaria. No sé en momentos de mayor afluencia.
Los que estuvimos esperando en la puerta andábamos (en sentido metafórico) desubicados. Para muchos de los andariegos habían sido muchos días con practica diaria de levantarse pronto y ponerse a caminar hasta el siguiente punto de descanso después de 25, 30 o más kilómetros diarios. En mi caso habían sido 10 días desde que partí de Roncesvalles recorriendo entre 70 y 100 kilómetros junto a Hortensia cada uno de los días. De golpe, ni estábamos andando, ni dando pedales y sobre todo ya no tenías un punto de llegada próximo. Habíamos llegado hasta el final del camino proyectado y de alguna forma se sentía un vacío. Algunos, además del vacío, tenían los pies tan deteriorados que lo único que se podían calzar eran unas chanclas de esas de dedo que nos permitían ver todas y cada una de las ampollas que les había regalado el Camino.
Seguro, que pese a lo que he dicho en el párrafo anterior, que algunos y algunas todavía tenían pendiente llegar a Fisterra y que la mayoría teníamos un objetivo: volver a casa. En cualquier caso no realice encuesta alguna que me permita aportar datos categóricos sobre el tema.
En esto voy a ser muy riguroso, los encargados del negociado de los peregrinos abrieron las puertas antes de la hora anunciada. Hicieron dejar la mochila a algunos en una especie de consigna y a los demás nos leyeron el código de barras que nos habían mandado como identificación y nos dieron un número como el de la Seguridad Social o el de la pescadería. Obtuve el número 20.




Una vez colocados en un pasillo con el numerito en una mano y la credencial del peregrino en la otra nos iban llamando a bastante velocidad. No eran ni las 9:10 horas cuando ya tenía mi Compostela, mi certificado con los kilómetros recorridos, el canutillo para llevar ambos documentos sin que se arrugasen demasiado, dos credenciales nuevas para los siguientes caminos y hasta una concha de viera para añadir a la que compré en un pueblo de Castilla tras la perdida de la obtenida en mi primer camino de Santiago.
Con la misma parsimonia que había llegado hasta allí me desplacé hasta el mercado de Santiago. Ese día era viernes y se suponía que tendría algo más de ambiente que la vez anterior que le visité que al ser lunes estaba prácticamente vacío.






Como seguía siendo bastante temprano había muchos más puestos en funcionamiento pero tampoco es que tuviera que dar codazos para circular por el mercado. Me deleité visualmente con los manjares que allí se exponían y caí en la tentación de comprar dos buenos trozos de empanada. Una de Pulpo y otra de Zamburiñas. Con esa carga volví hasta la habitación donde me había alojado la noche anterior y el restaurante sobre el que estaba aún no había abierto.
Acoplé como pude los trozos de empanada en la alforja que tenía y me desplacé hasta el Hotel Entrecercas que es donde dormí la vez anterior que vine a Santiago y que Julio (su propietario) me había conseguido el alojamiento esta vez.
Dejé en deposito la alforja con empanadas y todo en el Hotel y volví a pasear por Santiago como si no tuviera nada que hacer. En realidad nada tenía que hacer.
Compré unas fruslerías para Irene, Tere, Ruth y Alba y debían ser poco más de las 11:00 cuando me senté tranquilamente en la Rúa Villar a tomar un café y ver como iban llegando los primeros peregrinos y peregrinas del día y como estos se desenvolvían con los autóctonos y con las empresas de distribución que en ese momento hacían todos los repartos posibles.




Leí tranquilamente un par de periódicos en la tableta y seguí perdiendo el tiempo. Por mucho que uno lo demore, tomar un café en una terraza da para estar sentado como máximo una hora, lo demás es abusar.
Así que otra vuelta por la plaza del Obradoiro donde llegaban los peregrinos, ciclistas que habían realizado el camino francés un día después que yo, un grupo de 5 que habían realizado el camino primitivo y a los que vi muy contentos y sin fuerza alguna, grupos de niños de la zona que hacían una visita a Santiago y mucha gente que no tenía otra cosa más importante que hacer.





A la hora del vermut me fui acercando hacía el lugar donde pensaba comer y me senté a tomar una cerveza en la Rúa da Raiña. Cuando hablo de desplazarme de un lugar a otro estoy hablando de que la mayor distancia son 200 o 300 metros.




Como ya me habían advertido, me personé en O Gato Negro bastante pronto, no era ni la una y medía del mediodía y ya estaba lleno. Conseguí un pequeño hueco en la barra y me dispuse a comer.
Lo primero fue pedir dos raciones de la empanada de congrio que me había gustado tanto el día anterior para llevar a Madrid y después la comida. Lo más destacado una centolla pequeña que os aseguro que estaba bastante buena.


En ir arrebañando las patas de la centolla andaba cuando alguien que ya estaba en el restaurante salió para saludarme. Era Gabi el que fuera marido de mi amiga Pilar. que andaba por allí con su hijo Carlos, con la compañera de este y con el padre de la compañera de Carlos, que a su vez es un viejo amigo de Valladolid y hermano de mi amigo Goyo con el que había quedado durante este viaje en Fromista y que por circunstancias no nos pudimos ver.
No os pongáis nerviosos. Yo tampoco sé si he puesto bien los parentescos entre unos y otros. Solo sé que son gente muy apreciada y que me supuso una gratísima sorpresa encontrarles a todos en Santiago y justo en el bar que Alba me había recomendado y en el que yo repetía la comida.
De lo que me explicaron saqué en claro que solo había realizado etapas del camino la compañera de Carlos y que los demás habían ido de apoyo o a disfrutar de una buena comida en compañía de sus gentes queridas. Cualquier razón es buena para viajar y para disfrutar de tan buenas viandas.

Me dijeron de tomar un café con ellos en un casino que Gabi conocía por la zona pero decliné. Tenía que ir a por la alforja y desplazarme hasta la estación andando.
La distancia más larga que recorrí ese día es la que existe entre el hotel donde tenía la alforja y la estación de Santiago. No más allá de 600 o 700 metros y la mayor parte de ellos cuesta abajo.





Como todos los viejos llegué con tiempo suficiente a la estación y como el tren llegó un poco tarde disfruté de una larga estancia en un lugar absolutamente incomodo. Está toda la estación “patas arriba” por obras.




Para compensar, dormí una buena siesta y creó que lo primero que divisé allí en lo alto, era la Colegiata de Toro. O quizás me los estoy inventando ya que es algo que conozco y desde donde pasan las vías y a la velocidad que circulábamos deseé que fuera Toro.
Llegamos tarde a Madrid pero dado que había estado casi dos semanas fuera de casa tampoco era demasiado importante.
Al día siguiente vuelta a la rutina, reponer algún alimento en la nevera para lo que me desplacé en la BH que me esperaba en casa y a empezar a colocar el material fotográfico del viaje.
Hoy domingo he vuelto a entrenar. Una vuelta por la Casa de Campo, recorrer desde San Pol del Mar por fuera del Madrid – Río, una vuelta por el parque lineal del Manzanares y retorno a casa por la Avenida de los Poblados y el Parque de Aluche. Y todo esto sin Hortensia.

Después Tere y yo nos hemos tomado una cerveza en el bar más próximo de casa y hemos comida parte de las empanadas y alguna otra cosa con Alba que ha venido a felicitar el día de la Madre a Tere.
Se por el GPS que lleva la bicicleta que está en el centro de distribución que correos tiene en la proximidades de Vallecas. No sé aún cuando podré recogerla y daros información de como ha llegado hasta aquí.
Ayer aparte de lo que os he contado empecé a vislumbrar el siguiente viaje, pero todavía queda algo de tiempo para comenzarle. Hay que darle todavía más vueltas. Lo que si he realizado es la petición de voto por correo para que no sea un condicionante la fecha de las elecciones y pueda partir en cuanto tenga todo perfilado. Estamos en la mejor época del año para viajar por temperatura y por la luz y por tanto no hay que desaprovechar este tiempo.
Seguiré contando lo que pueda en este blog.

Me alegro Mariano de tu reencuentro con tus amigos, aunque no sepas con exactitud los parentescos. Ya me explicarás el porqué de necesitar dos sellos del mismo lugar en la credencial del peregrino. Podría buscarlo en Google que todo lo sabe, pero me encantan tus explicaciones. Buena ‘palicilla» te diste el domingo con la BH. Espero que nos devuelvan pronto a Hortensia (es parte de todos). Un abrazo enorme de tu groupie favorita.