240523 con un día de retraso.
Tal como comenté en mi anterior entrada estaba en Tarifa y dado que era imposible entrar en la Isla de Tarifa hasta el día 24 por lo que me debía quedar descansando dos días en el lugar opté por llegar hasta el punto más meridional de la península que era hace accesible y dar por rematado el viaje.
Emprendí el paseo pertinente, y dado que la ciudad no es excesivamente grande, conseguí llegar hasta la verja que separa ambos recintos: la ciudad y la isla. Me había dicho la de la oficina de Turismo que hasta hace dos años no se podía entrar en ese lugar ya que era un recinto militar además de un parque natural. Ahora la visita es guiada y se hace exclusivamente una al día. Es difícil pillar plaza si además como yo no tienes costumbre de hacer estancias prolongadas en ningún sitio.








Después de llegar hasta el final del objetivo del viaje me senté tranquilamente a tomar una cerveza, mientras aproveché para seguir leyendo el libro de cabecera del momento.







Cuando decidí ir a buscar un sitio donde cenar me encontré con que el lugar donde había comido estaba cerrado y la mayoría de los bares que encontré ofrecían productos tan raros como crepés de harina de trigo sarraceno o distintos productos vegetarianos e incluso veganos. Al final una cena manifiestamente mejorable. Una ensaladilla de langostinos y ya.

Vuelta al Hostal Tarifa y a prepararme para emprender el siguiente camino. Había decidido que me volvía a Madrid. Las existencias de ropa eran cada vez más escasas, de los medicamentos habituales que tomo por “viejo” me quedaba producto para tres días y recorrer otra vez la costa sur de Portugal para llegar a Madrid por el oeste peninsular podía esperar.



Al día siguiente dejé todo preparado en la habitación del Hostal y bajé a desayunar. Cuando en el bar de enfrente pregunté al paisano por el camino hacia Algeciras me ratificó lo que ya sabía, había unos trece kilómetros de subida sostenida. Me habló de dos puertos en el camino. Subí a por las alforjas y emprendí el camino. Salí un poco más tarde y emprendí el camino, tenía billete para el tren de hoy y dado que el tren salía casi a las tres de la tarde creía que tenía tiempo suficiente para llegar a la estación de Algeciras y cambiar el billete para ayer.
Empecé la subida de ambos puertos: Uno se llamaba algo así como “del Cabrito” y otro “El Bujeo”, en mitad de ellos está el mirador del Estrecho.
Poco a poco, pero sin descansar hasta el Mirador fui haciendo el recorrido necesario para superar ambas elevaciones. Por la altitud que figuraba en sus respectivos carteles no parecen especialmente altos, pero si partes del nivel del mar subir dos veces consecutivas a poco más de trescientos metros, ya os digo yo que fue una subida cansada.








Después del Bujeo, todo era bajada, prácticamente no tuve que dar pedales hasta bien entrado en Algeciras. Encontré la estación y directamente me fui a la taquilla para cambiar el billete.
La factora, o como creo que se llaman ahora operador comercial, me dijo que las bicicletas eléctricas desde no se que norma no pueden viajar en los trenes, y que por tanto ella no me cambiaba el billete. Es verdad que podía realizar el cambio en la aplicación del operador ferroviario y arriesgarme después a que no me dejaran montar en el tren.
Decidí irme a la próxima estación de autobuses, dejé atada la bicicleta a una farola en el exterior de la estación y pregunté por autobuses a Madrid. Eran las once menos diez de la mañana y el de la taquilla me dijo que salía uno a las once treinta. No lo dudé, compré el billete y que fuera lo que la providencia y el conductor del autobús quisieran.
Si quería hacer las cosas medio bien, no me daba tiempo a ir a ningún sitio para comprar un bocadillo.
Me acerqué a la dársena número ocho y allí estaba el autobús, el conductor y un guardia de seguridad. Directamente hablé con el conductor sobre si podía cargar ya a Hortensia en la bodega del autobús y me dio la autorización. Con media hora de anticipación llegas el primero al autobús y puedes cargar la bici ocupando el sitio necesario sin pelearte con ningún otro bulto.
Desmonté la rueda, puse la funda y metí la bici en el lugar donde realizaría el viaje hasta Madrid. Mientras hacia esa operación cuatro policías nacionales y un perro denominado SIETE, estaban buscando droga a los viajeros de los distintos autobuses. El perro subía a las bodegas de cada uno de ellos, luego se metía por la puerta de acceso y olfateaba a los pasajeros. Mis alforjas y la bicicleta también las olisqueó, pero no parece que le interesara nada de los olores que estos bultos desprendían.
El guardia de seguridad le recordaba al conductor de autobús la normativa que me habían aplicado en Renfe de la prohibición de viajar con bicicletas eléctricas, el conductor hacía como que no iba con él. Los cuatro policías de uniforme se unieron a otros cuatro de paisano que llevaban unas chinas en la mano. Magro alijo obtenido por SIETE. Con todos esos entretenimientos me dio tiempo a comprar una botella de agua y fumar un par de cigarros con el conductor. Me comentó que sabía perfectamente la norma pero que le parecía una “putada” dejar a alguien en tierra por esa norma bastante irracional.
Emprendimos el camino. Eran las once treinta de la mañana. Primera parada Estepona, segunda Marbella, tercera Málaga. Como había bebido parte de la botella de agua que había comprado y la próstata aguanta lo que aguanta, intenté en las dos primeras paradas ir al servicio. Imposible.
Antes de Málaga me percaté de la existencia de un baño diminuto en el autobús y ya la cosa mejoró en ese terreno.
El vehículo llevaba veintinueve pasajeros por lo que cada uno pudimos usar dos asientos que hacían un poco más cómodo el trayecto. Tampoco mucho.
La siguiente parada se produjo a las cuatro de la tarde, en una espantosa área de autovía: ABADES DE PEDRO ABAD. En ese lugar nos dieron media hora de descanso. Un bocata de jamón, manifiestamente mejorable, una cerveza, dos cafés y otras dos veces a un baño en el que me pudiera mover.





Con tantos incidentes en la estación de autobuses me debí aturdir un poco y no saqué ni la tableta ni el cargador de móvil. A las cuatro y media cuando salíamos de Pedro Abad, tenía un treinta por ciento de batería en el móvil, no tenía ningún otro elemento de entretenimiento y cuatro horas más de agradable estancia en un autobús.
Ni siquiera fui capaz de dormir una siesta que me hubiera ayudado a sobrellevar el viaje. Estoicamente y pendiente del conductor que seguía siendo el mismo desde que habíamos salido llegamos a Madrid a casi las nueve de la noche.
Mucho más cansado que si hubiera estado pedaleando seis o siete horas. Había momentos en los que no sabía ni como ponerme para que no me doliera todo el cuerpo de estar sentado.
Todo acaba en algún momento. Llegamos a la Estación Sur, donde no había ni policías ni perros llamados SIETE, organicé otra vez a Hortensia, me fumé un cigarro con el conductor del autobús y le volví a agradecer su deferencia. En la charla con él, me contó que no había otro autobús diurno hasta el próximo lunes y que los nocturnos van todos llenos. Menos mal que tomé la decisión en ese momento.
Si en párrafos anteriores me he quejado de lo cansado que es un viaje en autobús no quiero hacerme idea del cansancio que llevaría en el cuerpo el amable conductor que me permitió montar a Hortensia en su autobús y que cuando me despedí de él todavía tenía que llevar el vehículo hasta San Sebastián de los Reyes.
Ya en casa volví a la más absoluta normalidad. Cenar viendo el Intermedio, ver un capitulo de alguna serie de las plataformas habituales y dormir.
Ahora el problema es como solventar la prohibición ridícula relacionada con las bicicletas eléctricas. Estuve leyendo ayer una página del ministerio de transporte y movilidad sostenible donde destacaban que se estaba haciendo un importante esfuerzo para conseguir que el transporte ferroviario y las bicicletas fueran transportes complementarios. No tengo ni idea de como se puede conseguir esto con estas prohibiciones.
Tendré que aclarar hasta donde y hasta cuando alcanza esa prohibición y buscar medios alternativos y complementarios a la bicicleta para realizar mis viajes. Supongo que alguna solución encontraré.

No tengo intención de desistir de mis viajes y de publicar mis tonterías en este blog.
Joder Mariano, menudo periplo llegar hasta Madrid, me he cansado solo de leerte. Gracias al conductor, que te permitió subir a Hortensia, me temo que te va a tocar mandar las baterías por alguna plataforma de transportes, pero vamos que la normativa debería modificarse, no es manera de compatibilizar deporte y turismo. Qué chivato SIETE, quitar esas «chinillas» que seguro que las llevaban a modo de relajante, nunca pensé que pasaban los perros en los viajes en autobús, peroooo claro….venimos de Algeciras.
Me alegro que ya estés en Madrid, deseando leer tu siguiente viaje y hay que buscar fecha para cumplir nuestras bravatas cerveceras.
Un abrazo amigo de tu grupee favorita.