210918_1 EL DÍA DE LAS CERRADURAS.

VÍA VERDE DEL MAIGMÓ

Tenía por delante casi 50 kilómetros en el IBIZA hasta Agost (Alicante) para empezar la nueva vía verde. Ya cuando acabé el día anterior la vía verde de Alcoi me mosqueé con la bicicleta. No conseguí abrir la cerradura que abre la batería y por tanto no había podido recargarla. No me preocupó excesivamente, tenía la de reserva completamente cargada.

Desayuné enfrente del Hotel Reconquista, en el hotel tardaban en atenderme y cuando habían pasado cinco minutos y no me atendieron cruce la calle y me fui al bar de enfrente.

Dos cafés como es habitual y media tostada con aceite y al IBIZA para ponerme en marcha. Otra vez por la A-7, ha sido la carretera mas utilizada por mí en este viaje. Cuando abandoné la Autovía para coger la CV-827 que es la carretera, que con muchas curvas y bastante bajada, lleva hasta el pueblo, comprobé que había decenas de ciclistas en una especie de “área de descanso” que se encuentra a la entrada de la carretera.

Según descendía hasta el pueblo pude ver otras decenas de ciclistas subiendo por esa carretera y algunos bajando hacía el pueblo. Adelanté a unos pocos al comienzo de la carretera y a partir de ese momento no me atreví a adelantar a ninguno más.

Veía delante de mí “grupetas” de ciclistas que descendían por esa carretera a bastante más velocidad de la que era recomendable para bajar con el IBIZA.

Ya en el pueblo había montones de ciclistas “desayunando” en los dos bares del pueblo y bastantes más organizándose para subir hasta la parte alta de la carretera.

Hay que tener en cuenta que ese día era sábado y la carretera está señalizada permanentemente con señales de precaución por ciclistas los fines de semana. Algo así como: “PRECAUCIÓN: CICLISTAS SUELTOS”.

Pregunté allí si había algún cerrajero para arreglar la cerradura de la bicicleta y claramente me indicaron que no. Me recomendaron un herrero del pueblo que me podía ayudar. Tuve mucha suerte, no le encontré.

Me fui hasta la estación de Agost (está a 4 kilómetros del pueblo) y allí andaban un par de paisanos intentando arreglar una furgoneta.

La estación estaba en obras y rodeada de viñedos. Los dos paisanos no pudieron ayudarme para desbloquear la cerradura. Veía peligrar la vía verde. En cualquier caso, descargué la bici y empecé a preparar el recorrido.

Al poco llegó un paisano con coche y sombrero de paja. Me contó que solía ir a la estación a ver pasar los trenes. No hice comentario alguno. Cuando me vio que estaba trajinando con la cerradura me ofreció un bote de tres en uno. Con dudas rocié el producto en la cerradura y tras otro par de maniobras conseguí abrir la cerradura. Hay productos que de verdad son mágicos. El paisano roció el resto de la bicicleta con el producto “milagroso”.

En ese momento ya no podía demorar más la puesta en marcha, todo funcionaba y además el paisano del “3 en 1” y el sombrero se estaba ya marchando. Bueno, pues todavía llegó un ciclista que venía de recorrer la vía verde del Maigmó y todavía le quedaba un rato de pedaleo para llegar hasta San Vicente de Raspeig. Estuvimos un rato charlando, se fue y me puse en marcha.

Tenía por delante 22 kilómetros y un ascenso de 400 metros. Desde el apeadero que está a 220 m de altitud hasta el cruce con la A-7 que está a 610 m.

Primer tramo de la Vía Verde del Maigmó.

Ya había recorrido los cuatro kilómetros que hay entre Agost y su apeadero en coche por tanto sabía que en esos primeros kilómetros la subida no era excesiva.

Comienza el trazado de la vía verde en paralelo a la actual vía del tren, por un camino más o menos pedregoso pero muy transitable. A ambos lados del camino una arboleda no demasiado frondosa, pero el intento es bueno. Incluso hay tramos en que los árboles son higueras.

Al otro lado de la vía férrea un buen viñedo de esas riquísimas uvas alicantinas, el paisaje en general bastante yermo, yesos y montes sin excesiva vegetación.

Según iba avanzando se ve el pueblo en la lejanía, a la derecha del camino. Olivares.

La primera zona de descanso es una explanada amplia que está muy cerca de Agost y a la que pueden acceder vehículos, unas palmeras y otros arboles desconocidos y a seguir el camino de ascenso.

Zona de descanso en Agost. Vía Verde del Maigmó

En el mojón del kilómetro cinco se ve perfectamente el pueblo y “El Maigmó” que es donde tenemos que subir.

Algunos campos de almendros, huerta y paisaje árido y blanco. Algún puente de hierro y madera de factura reciente, el camino sigue en ascenso y a ratos se encaja en una trinchera excavada al efecto.

La tierra pasa del blanco del inicio de la vía verde a un ocre fuerte y también seco.

En medio del camino y dentro de una de las trincheras permanecía estático un lagarto, se dejo fotografiar desde la bicicleta, solo cuando me puse en marcha se puso a correr hacía uno de los lados del camino. Aunque se hubiese dejado fotografiar, cuando se quiso esconder ya no conseguí vislumbrar hacia donde había ido.

Pendiente siempre de la fauna. Vía Verde del Maigmó.

Más subida, más almendros y una vía verde que no está excesivamente señalizada pero que al tener vallas de madera a los dos lado hace imposible que te desvíes del camino.

Algún barranco que otro que vas superando mediante puentes que debieron construir cuando se construyó en la Dictadura de Primo de Rivera el ferrocarril entre Alcoy y Agost para enlazar la primera ciudad con el puerto de Alicante.

Posible trazado de lo que fue el Ferrocarril Alcoy – Alicante. Tramo hasta Agost.

Pasados ya los primeros 13 o 14 kilómetros vi un pequeño túnel y me acordé del paisano del Sombrero de paja y “el 3 en 1”. Me había preguntado si llevaba una buena linterna y yo eludí la pregunta, me informó que había túneles y que no estaban iluminados. Que cuando habían inaugurada la vía verde si tenían iluminación pero habían robado la instalación para obtener cobre.

Me acordé a la vista del primer túnel. Era corto, se veía perfectamente el final y no tuve problemas. Recuerdo aquí lo contado cuando hable de la vía verde de Alcoy. Se me rompió el soporte de la luz y no lo había resuelto.

Pasado tres de los seis túneles existentes en la vía verde pensé que el paisano del sombrero de paja era un poco exagerado y que no iba a ser necesaria la luz.

Seguía siendo una vía verde bien diseñada, con un paisaje de monte mediterráneo de “libro” y aunque fuera una prolongada subida no se estaba haciendo especialmente duro.

Llegué al cuarto túnel y en este no se veía el final del mismo. Tuve bastante suerte y de frente venía alguien con un potente foco que me permitió llegar hasta el final sin percance.

En un momento, la vía verde se coloca paralela a la carretera. Que envidia me dieron los ciclistas que circulaban por ella, no tenían túneles que librar.

Seguí avanzando y al llegar al quinto túnel, que también era bastante largo, se me ocurrió una de esas estupideces que pueden considerarse parte de la “antología de la tontería humana”. Poner la luz roja trasera como luz delantera y adentrarme en el túnel, creía que me volvía “majareta” del todo. Seguía sin ver nada y encima la luz roja intermitente convertía el túnel en un espacio sin límites. No se veía el suelo, ni las paredes ni el techo. Pie a tierra y gran parte de ese quinto túnel le recorrí andando.

Al llegar al sexto túnel ni lo intente. Entré andando y salí andando, eran más de quinientos metros (no tomé nota) pero recorrí el medio kilómetros con la bicicleta de la mano y con la “puta luz roja” apagada.

Ya no había dificultades, había recorrido los seis túneles y por tanto debía recorrer los últimos kilómetros y llegar al kilómetro 22 de la vía verde, en el cruce con la A-7, donde a primera hora estaban concentrados decenas de ciclistas.

Tal como he ido contando la subida, supondréis que no había ninguna duda, bajé por la carretera. Que gusto recorrer los ocho kilómetros de la CV-827 de bajada. Pedaleaba, pero solo para disimular, no era necesario.

Llegué al pueblo y cuando vi una entrada a la vía verde me adentré en ella para concluir el recorrido.

Ya en el apeadero de Agost, recogí la bicicleta, me quité los “bártulos” de ciclista y me dirigí al pueblo para comer algo.

Paré en uno de los dos bares existentes y me pedí un bocadillo, no recuerdo de qué, cuando estaba comiendo el bocadillo me llamaron desde la calle. Había aparcado el coche en un “vado” y lógicamente molestaba a una de las propietarias del “vado”. Moví el coche y le dejé en la acera del bar a caballo entre la acera y la carretera. Era solo un momento.

Volví a mi bocadillo, a mi cerveza y al café posterior. Como iba bien de tiempo, prepare la navegación del GPS en la tableta para llegar hasta la vía verde de Torrevieja. Puse a cargar tanto la tableta como el teléfono. Volví al bar a por agua para la siguiente etapa y cuando volví al IBIZA comprobé que estaba cerrado y que yo no tenía las llaves.

Estaba tirado en Agost, el teléfono y la tableta en el coche y solo tenía mi documentación y nada más.

Voy a ahorraros el desarrollo del incidente, pero lo contaré al menos resumido, me puse en contacto con “la policía local” (solo hay una), ella se puso en contacto con Ruth (la propietaria del IBIZA), con la Mutua (compañía aseguradora) y entre la policía y Ruth consiguieron que dos horas mas tarde apareciera por allí un “coche taller” para intentar abrir el coche.

El método para abrir el coche fue sorprendente. Insertó unas cuñas de plástico entre la puerta y el coche y una vez insertadas introdujo una especie de flotador hinchable para hacer más amplia la apertura conseguida con las cuñas. A través de esa apertura y con un alambre acerada consiguió recuperar las llaves.

Abrí el IBIZA con las llaves recuperadas, volví a comprar agua y me puse en marcha hacia Torrevieja para realizar la otra vía verde prevista para ese día.

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