220601 Fracaso sin atenuante.

Cuando llegué el día 31 de mayo a Alcaracejos busqué alojamiento y aproveché para publicar la entrada correspondiente a la segunda parte de la vía verde de la Campiña.

Sentado tranquilamente en la confluencia de las dos carreteras que hay en el pueblo pedí una cena con los productos típicos del lugar: Caracoles y Jamón de los Pedroches. No cené mal.

Mira que me había organizado el viaje. Que había molestado a mi hija para que me sacara el billete de tren. Tenía especial interés en la vía verde que tenía previsto hacer el primer día de junio.

En realidad según los distintos manuales consultados eran un total de cuatro vías verdes:

La del Cerco, la del Guadiato y los Pedroches, la de Fuente Obejuna y la de Peñarroya-Pueblo Nuevo.

En la última versión comprobada en la página de las vías se habían quedado en dos:

La del Guadiato y Los Pedroches y la del Cerco.

En realidad no recorrí ninguna de estas vías verdes, se supone que la que englobaba el conjunto de las cuatro vías mencionadas es la del Guadiato y Los Pedroches.

Pero no, según la descripción de esta vía, empieza o finaliza en Villanueva del Duque y hasta allí me fui desde Alcaracejos que es donde había dormido.

El dueño del Hostal Cesar, donde había dormido, es ciclista y me indicó con toda precisión como llegar al inicio de la vía verde. Coger la carretera dirección Córdoba y cuando se llegaba a la indicación del Camino de Santiago coger esa calle y llegar hasta Villanueva del Duque, desde allí solo había que subir hasta una ermita que estaba bastante después de una considerable cuesta. No hacía falta las explicaciones del “ciclista” del Hostal Cesar. Estaba perfectamente indicado durante todo el pueblo como llegar hasta el inicio de la Vía Verde. La estación del Soldado que debe su nombre a la mina del mismo nombre.

Se llega bien, subiendo, pero bien. En la estación, convertida ahora en alojamiento rural, empieza la vía verde. La sorpresa empieza en el nombre, aquí la llaman la vía verde de la minería (Minas el soldado y las morras del Cuzna). Nada que ver con lo previsto.

Aunque no coincidía el nombre, el estado y la información de la vía verde es de las mas correctas que he visto en todas las recorridas. El firme es bueno, la señalización es tan buena que hasta me servía a mi para no perderme. Una maravilla.

Los casi trece kilómetros de esta vía verde que discurren por el termino municipal de Villanueva del Duque son un placido paseo por la dehesa cordobesa. No tuve suerte y solo encontré ovejas y cabras. No encontré ninguna piara de marranos, ni tampoco fauna salvaje salvo alguna liebre.

En el camino, además de la Estación El Soldado, está la de Peñas Blancas y la espectacular Trinchera Bonita. Todo maravilloso.

Cuando llegué al final de este trayecto todo fue un caos. Se supone que debería haber seguido hacia Peñarroya – Pueblo Nuevo, pero por la falta de señalización, las supuestas obras que están haciendo para recuperar el conjunto de la vía verde. El caso, es que debí coger un camino equivocado, pero equivocado de forma épica. Vamos, es como cualquier viajero que está en la estación de Madrid – Puerta de Atocha para viajar a Cádiz y acaba en Figueras.

No sé por donde estuve pedaleando, lo único de lo que estoy seguro es que no recorrí parte alguna de la vía verde. Eran caminos imposibles de subir, pero casi peores para bajar. Unos caminos de tierra roja con cantidad de piedras sueltas. Cuando te ponías a subir pensabas que nunca llegarías al final, pero lo peor es que cuando llegabas al final de la subida no sabía por donde tirar para continuar el viaje. Arriba del todo, y con la “lengua fuera” a buscar un camino para descender en el sentido donde suponía que debía continuar la vía verde.

Pero aquello se convirtió en un laberinto de feria pero de muchos kilómetros cuadrados. Vislumbraba un “posible” camino, le seguía con sus subidas y bajadas, llegaba extenuado al final del camino y te encontrabas con una valla que te impedía el paso. Vuelta para atrás y a buscar otro camino del que obtenías el mismo resultado. Se divisiva un cortijo, pensaba desde el cansancio, si llego hasta él, existirá un camino que más largo o más corto permitirá llegar desde el cortijo a una carretera. El cortijo estaba vallado en todo su entorno. Vuelta a empezar.

Así estuve más de una hora y media, para arriba, para abajo y sin ver la salida del “laberinto”. Cualquiera pensaría en utilizar el GPS y que te sacará de allí, fallo grave de concepción. El móvil decía permanentemente: SIN SERVICIO.

En cualquier caso, y pondré algunas fotos, el paisaje era digno de ver. Lo que no sé si pude captar lo más interesante de lo que vi. Probablemente las mejores vistas pasaron ante mis ojos cuando estaba subiendo y puedo “jurar” que si hubiera parado en alguna de aquellas subidas todavía seguiría allí arrepintiéndome de muchas cosas.

Hay veces que solo una decisión arriesgada te puede dar la solución a tus problemas. Visto que todos los caminos, o pseudo caminos, conducían a una valla, habría que saltar la valla y ver hasta donde me llevaba.

Si invadía alguna propiedad particular me podrían soltar los perros o denunciarme, pero al menos me indicarían el camino para volver. Y si esos cierres tenían cualquiera otra función que todavía se me escapa, saldría del laberinto aunque fuera para meterme en otro.

Así lo hice, bordeé una valla cerrada con su propio candado y desde allí partía un camino digno de ese nombre.

Como sería mi estado de ansiedad por encontrar algún lugar de referencia que según avanzaba por el camino me pareció ver un poco más arriba del camino señales de tráfico. Lo que según mi deducción de ese momento era que había una carretera. ESTABA SALVADO.

Después de esto entiendo perfectamente a la gente que sufre “espejismos” en los desiertos. Se tienen tantas ganas de una cosa que “crees verlas” sin ninguna duda.

Voy abreviando, al final del camino por el que circulaba encontré un edificio que tenía pinta de haber sido la “caseta” de un guardabarrera ferroviario. En este caso no era un “espejismo”, era real, la toqué.

A izquierda y derecha de donde finalizaba mi camino unas vallas (sin candado). Y tras las vallas lo que podía ser parte de la vía verde que yo deseaba recorrer.

Una vez que transgredes una “norma”, estás dispuesto a continuar hasta donde sea necesario. Descansé un ratito en la caseta del guardabarrera y evalué el tiempo que me quedaba para coger el autobús hasta Córdoba. Decidí por tanto que el tramo que tenía que recorrer era el que me llevara nuevamente hasta Villanueva del Duque. Abortaba en ese punto la continuación del recorrido previsto y por seguridad volvía a la casilla de salida.

Que contar ahora del tramo que me faltaba. En cada lugar que lo que es, o será, la vía verde confluía con un camino, había una valla a cada lado del camino. Por tanto tuve que bordear unas 20 vallas hasta el final de ese tramo.

Entiendo perfectamente que cuando una infraestructura está en obras permanezca cerrada, pero el único atisbo de obras que vi durante todo el camino eran esos cierres para que yo y cualquiera que pasara por allí tuviera que bordearlos.

En mi defensa debo decir que a lo largo de todo ese recorrido y distribuido sin ningún criterio había bostas de equino que habían circulado por el lugar no hacía demasiado tiempo.

Y acabaron los cierres, cuando pretendía seguir por una construcción en trinchera que es por donde continuaba el ferrocarril comprobé que estaba caída y que había un desvío por medio del monte que superaba ese cierre obligado de la vía verde. La subida y la bajada del trayecto alternativo considerable, pero estaba en el buen camino y eso anima bastante.

Cuando retomé la vía verde una vez superada la trinchera apareció por “arte de magia” el punto donde me había perdido, a pocos metros se llegaba al termino municipal de Villanueva del Duque y por tanto a la parte de la vía verde conocida.

El trayecto desde ese punto es descendente hasta la estación El Soldado y como si la bajada la hubieran diseñado para mí, aproveché las fuerzas que me quedaban para llegar hasta el inicio de la “excursión”.

Subidas y bajadas sin sentido.

Vuelta también hacia Alcaracejos, me quité “maillot” y “culote” en el Hostal donde había dormido y me disfracé de viajero normal de autobús y tren.

Comí un flamenquín que es muy de la tierra y a esperar al autobús. Llegó casi puntual y en Córdoba a la hora.

Tenía dos horas hasta la salida del tren Intercity con destino a Madrid. Busqué la mejor sombra que pude encontrar y me tomé un par de cafés para hacer tiempo.

Como conozco el “paño” me presenté con bastante tiempo en la estación y a pesar de tener el billete en el móvil obtuve una copia en papel, por lo que pudiera pasar.

Cuando abrieron el control de pasajeros me fui con la bicicleta, la alforja y la bolsa donde llevo la batería de repuesto al punto de seguridad. Me hicieron desmontar todo de la bicicleta y pasarlo por el scanner, hasta ese punto todo normal. Cuando entregué el billete para que hicieran el control de viajeros, la paisana que realizaba ese trabajo se empeñó en que no podía pasar con la bicicleta sin “plegar”. Me dio mucha pena, a la pobre los “reyes” nunca debieron regalarle una bicicleta. No sé de que forma se puede plegar mi bici si no lo hago con una “radial”. Le indiqué que una vez que estuviera en el andén y antes de montar la bicicleta en el tren le quitaría la rueda delantera y la metería en una funda, que es lo más parecido que puedo hacer para cumplir las normas que Renfe tiene dispuesto para el viaje de bicicletas en esos trenes.

Como siempre en estas discusiones, cuando las partes deciden no escuchar a la otra parte, la cosa se enconó. Yo con el argumento de que no pensaba recorrer los 300 metros que había hasta el tren con una sola rueda de la bicicleta y la persona del “checking” me mandó a los vigilantes jurados para obligarme a cumplir las órdenes.

Está claro que no hice mucho caso, cuando llegué al punto donde se suponía que llegaría el tren empecé a desmontar la rueda, saqué la funda de la alforja y se la puse a la bicicleta.

Los de seguridad (como siempre) habían cogido un camino y ya no había “marcha atrás”.  Seguí en “mis trece”, soy bastante cabezota cuando me lo propongo y hubo un momento que uno de los vigilantes hizo amago de llevarse la rueda de la bicicleta.

Hay acabó todo. Le indiqué que estaba robando una propiedad privada de un cliente de Renfe y parece que se “acojonó”, la solución solo la pudo dar alguien con criterio, el Supervisor del tren, que sabiendo como llevaba el tren de equipaje indicó que subiera al tren y los otros se dejarán de molestar a los clientes.

Lo escribo en esta entrada ante la posibilidad de que esto mismo le pase a otra persona. Las indicaciones sobre como deben viajar las bicicletas se refieren al tren, en ningún caso Renfe pretende “putear” a sus clientes en el recorrido de la estación. Solo alguien con escasa capacidad lectora puede interpretar la barbaridad que esa gente pretendía.

En cualquier caso y tras el desagradable percance llegué a Madrid, llegué a casa. Había cumplido los objetivos de vías verdes previstos al inicio de viaje. Bueno, menos el borrón del Valle de los Pedroches.

Y pensar que el año pasado, justo el día 31 de mayo, cuando recorrí la Vía Verde de la Jayosa, estaba a menos de medía hora de esta vía verde en Fuente Obejuna. Mala planificación por mi parte.

Creo que de momento, no se por cuanto tiempo, he acabado mi periplo. Deseo volver pronto a los caminos y seguir recorriendo vías verdes, de momento.

Publicaciones Similares

Un comentario

  1. Joder Mariano, qué desesperación, pobre, bueno estoy segura que lo volverás a intentar. Con respecto a los personajes del apeadero, cuando un@ da con un necio, no hay manera, te veía como en las imágenes del Metro con los guardias de seguridad. Descansa, que merecido lo tienes. Un beso.

Deja un comentario