210717 La entrada más larga del blog. (1)
A finales de mayo y principios de junio recorrí una serie de vías verdes que no quedaron plasmadas como entradas en “marianoenbicicleta.blog” porqué fui incapaz de subir las imágenes que acompañarían a los textos en esas entradas. Me conformé con contar mi experiencia en Facebook y guardarlas como textos.
Resulta que por una circunstancia imprevista tengo que pasar unos días encerrado en casa. Como todo el trabajo de ordenar papeles en el PC, colocar las fotos de los viajes en sus correspondientes carpetas e incluso leer dos o tres libros ya está acabado, me surge como posibilidad hacer una revisión de ese viaje que hice a finales de mayo y principio de junio.
Preferiría estar recorriendo nuevas vías y en lo posible contar lo realizado en el día. Cuando las piernas y los brazos duelen de estar montado en una bicicleta ocho horas parece que uno está más inspirado para contar las cosas, y sobre todo los recuerdos son mucho más recientes.
Quede claro que escribo estas entradas por dos motivos:
- Contar lo que voy viendo.
- Tener una manera de volver a recordar lo vivido.
Este segundo motivo, a la edad que tengo, es bastante importante. Las cosas se van difuminando y uno no sabe bien si tal cosa pasó en éste o en éste otro sitio. Por tanto, si uno deja plasmadas las cosas por escrito podrá ratificar o rectificar sus recuerdos.
Vamos por tanto a la “almendra” o como otros dicen “al turrón”. Harto de hacer casi siempre los mismos recorridos en bicicleta por Madrid y teniendo en cuenta que parecía que los índices de la pandemia remitían decidí empezar a recorrer mundo. Había planificado, como lo hago yo, es decir mal, los itinerarios a recorrer y pensé que siendo aún Mayo se podría recorrer parte de Andalucía y Extremadura sin excesivos agobios con las temperaturas.
Por tanto el día 25 de mayo cogí el IBIZA prestado por Ruth, cargué con bastante dificultad la bicicleta en el coche y con bastante menos dificultad la bolsa con los gayumbos, las camisetas, la ropa deportiva y el cepillo de dientes. Mucho más no se necesita. Tenía que situarme en Puerto Serrano un pueblo de la Sierra Gaditana a 105 km de Cádiz capital.

Habían pasado (lo conté ese día) un total de 573 días de mi anterior excursión en bicicleta reseñable. El anterior viaje le había finalizado también en la provincia de Cádiz, concretamente en Sanlúcar de Barrameda, viendo la desembocadura del río Guadalquivir que había seguido fielmente desde su nacimiento en Cazorla. En frente de Sanlúcar y con una puesta de sol increíble estaba Doñana.
Eso había ocurrido el 30 de octubre de 2019, durante ese año recorrí los ríos más importantes de la península, pero llegó el invierno y cuando en 2020 pensaba recuperar los recorridos ciclistas, todo se jodió. Llegaron los confinamientos, los cierres perimetrales, la necesidad de preservar la salud de los ciudadanos y por tanto durante todo ese año no pude continuar con la racha de recorridos del año anterior.
Así que como he dicho, quinientos setenta y tres días después retomé el camino. Me situaba en Puerto Serrano para al día siguiente comenzar la Vía Verde de la Sierra de Cádiz.
Cuando llegué a Puerto Serrano y tras alojarme en un lugar “razonablemente” adecuado subí en coche hasta Olvera. Ese pueblo sería mi destino al día siguiente en la vía verde. Era un pueblo que tenía especial interés en volver a ver, ya que ese año le habían nombrado Capital del Turismo Rural 2021. Sabía que cuando llegas a un sitio en bicicleta no estás en las mejores condiciones para realizar una visita turística, sobre todo, si todavía te queda volver.
Por tanto, subí hasta Olvera y comprobé que visitar éste y el resto de los pueblos blancos Gaditanos es una experiencia magnífica. Paseando por sus calles compruebas todo su pasado y lo comprometidos que están los Olvereños y Olvereñas con la belleza de su ciudad.
Dado que había conducido 700 kilómetros desde casa y que previamente había tenido que esperar al inspector del gas, cuando llegué a Olvera, ya no se podían visitar ni el Castillo Árabe ni la Casa Cilla. Aún así, la visita tranquila y a pie por Olvera mereció la pena. Las vistas desde allí son magníficas.
Acabada la visita volví a Puerto Serrano para al día siguiente comenzar la marcha en bicicleta.
VÍA VERDE DE LA SIERRA (Cádiz)
En el itinerario que figura en la guía de las vías verdes, cuando habla de la vía verde de Sierra dice que sale de Puerto Serrano, pasas por Coripe, te encuentras con el observatorio de aves del Peñón de Zaframagón y llegas hasta Olvera. Lo que no dice la guía es que si sales del Hotel situado en la Estación de Puerto Serrano y el señor del hotel no ha abierto (y por tanto no has podido tomar un miserable café) no vas a encontrar nada abierto en los 35,6 kilómetros que dura la vía verde. Incluso cuando llegues a la Estación de Olvera tampoco.
Haciendo de mis miserias una cosa menor, que no lo son, la vía verde como la comencé a las 8:30 horas se podía hacer sin demasiado calor y bastante cómodamente. El desnivel no era especialmente pronunciado, no circulaba casi nadie y la señalización de la vía verde es inmejorable.
En cualquier caso, llegué hasta arriba sin café y comencé la bajada sin él.
Hago un pequeño inciso, en esta ocasión y dado que voy con coche, tengo que hacer los recorridos de las vías verdes dos veces uno para conocerla y otro para volver al Ibiza como si fuera la “nave nodriza”.
Dado que en el primer recorrido que hice de la vía verde no había realizado ninguna foto (las ansias por tomar café) en la vuelta fui parando en los lugares que me parecían más interesantes. En este segundo recorrido ya fui encontrando más gente. Paseantes con o sin perro que nunca faltan en las vías verdes, algún ciclista en una dirección u otra. Entre los que hacían el itinerario de bajada (como estaba haciendo yo); unos alemanes que habían alquilado las bicicletas en Olvera y las dejaban en Puerto Serrano, unos que debían estar entrenando para algo importante, ya que en un recorrido no superior a los 500 metros me debieron sacar 300.
Entre los lugares en que paré, estaba el observatorio de aves y pude ver (al menos eso pienso) un número considerable de buitres.
En sentido contrario también me encontré con algún ciclista suelto y sobre todo a un grupo de unos 30 jóvenes que subían con sus monitores. Subían bastante bien, luego comprobé que tenían entre 20 y 21 años lo que indica que para algunas cosas la edad es importante.
Según el manual, yo no les conté, hay un total de 30 túneles en el recorrido. Solo uno está derruido y la solución que han tomado es bordear la montaña por la que discurría el túnel.
Aproveché la amabilidad de los alemanes para que me fotografiaran en una de las estaciones. Mi amiga Satanasa no es partidaria de que yo me haga Selfis. Los túneles, y es importante decirlo, no estaban iluminados por lo que dependías exclusivamente de tus medios para visualizar lo que pasaba dentro.
Así que poco a poco fui acercándome nuevamente hasta Puerto Serrano. Cuando ya casi vislumbras la estación hay un repecho que por poco tengo que poner pie a tierra, está tras una curva y puedo asegurar que no estaba en el itinerario original del ferrocarril. Tiene un desnivel que supera el 12% y no es especialmente largo, pero como te pilla por sorpresa casi te quedas parado.

Histórico Ferroviario del Museo del Ferrocarril de Madrid (Sociedad para los Estudios del Ferrocarril Jerez-Villamartín-Setenil).
Acabada la vía verde de la Sierra me senté en la terraza del hotel situado en la estación y le pedí el café que me debía al paisano del hotel. Se deshizo en disculpas y aproveché para comer en la terraza antes de iniciar el siguiente viaje en coche hasta el Puerto de Santa María.
Allí estaban sentados dos paisanos: Matías y José. Ambos eran los que habían alquilado las bicicletas al grupo de jóvenes que antes he mencionado y me comentaron que eran de Chiclana y que esperaban su bajada para recoger las bicis y volver a su pueblo.
Matías, el mayor de ambos, era un hablador y pontificaba sobre cualquier cosa. Se supone, así me hizo saber, que era dueño de unas 200 bicis y que se dedicaba a su alquiler. Mi impresión es que sabía buscarse la vida para pillar pasta de cualquier sitio. Era su destino.
Comí razonablemente bien y otra vez al coche. El Puerto de Santa María, que tanto me gusta, no mostraba su mejor cara. Había muy poca gente por las calles y la pandemia había producido unos efectos considerables en el comercio local.
Busqué un aparcamiento cerca del hotel (que estaba bastante céntrico) y tras el correspondiente paseo y cena (que no estuvo nada mal) a dormir.

Al día siguiente, 27 de mayo, tenía previsto hacer tres vías verdes diferentes, las situadas en la Bahía de Cádiz:
VÍA VERDE PUERTO REAL – SAN FERNANDO (Cádiz)
VÍA VERDE MATAGORDA (Cádiz)
VÍA VERDE ENTRE RÍOS (Cádiz)
La mañana, aunque estaba en el reino de la luz (toma pedantería), amaneció especialmente gris y triste. Tras tomar los pertinentes cafés y la media tostada, esta vez sí, recogí los bártulos y me planté en el kilómetro cero de la Vía Verde de Puerto Real a San Fernando.
A diferencia de la vía que recorrí el día anterior aquí no había ni una sola indicación. Ni una señal. Como si esta vía verde fuera algo así como clandestina. Gracias siempre a los paisanos del lugar que hacen de guías. En este caso, los trabajadores de Grúas Reypa me indicaron que la vía verde empezaba al otro lado de la carretera de donde había aparcado el IBIZA. En el punto limpio de Puerto Real (no se si hay alguno más).
Mi impresión es que no solo fallaba la información, también el cuidado de la vía verde adolece de intensidad. Está bastante mal. Adentrarse a través de la vía verde en el Parque Natural de las Marismas de Cádiz, está bien, pero tampoco lo que se ve es para tanto.
Siguiendo mi ejemplo del día anterior hice todo el recorrido de ida sin parar, todo seguido. Tampoco es para escandalizarse, son menos de nueve kilómetros. Cuando llegué a San Fernando, con el cielo todavía gris y plomizo, me sentí un poco frustrado. Había recorrido la vía verde, me había internado en una zona que pone que es militar y cuando llegué allí solo hay un túnel que pasa por debajo de la vía y nada más. Lo dicho: no es para tanto.
A la vuelta si me puse a realizar las fotos que dejaran constancia de mi visita al lugar. No había demasiada gente en esta vía verde ese día. Algunos “Runner”, dos o tres ciclistas en uno u otro sentido y nadie más. Así que otra vez en el punto limpio de Puerto Real, a cruzar la carretera y coger el IBIZA en las inmediaciones de Grúas Reypa. (Ojo, no estoy patrocinado).
Una vez que tanto la bici como yo estábamos en el IBIZA, me puse en marcha en dirección a la vía verde de Matagorda.
Es una vía verde de poco más de 3 kilómetros. La entrada desde la carretera es en ángulo de 90 grados y se pasa de una carretera de 2 carriles a un camino de piedras.
A la segunda vez que pasé, conseguí entrar y sorprendentemente pude realizarla en coche todo el trayecto. Me encontré con una colonia de gaviotas que no estaban dispuestas a dejarme pasar. Era un paisaje similar al que había en la anterior vía verde, pero no baje la bici del coche.
Como lo previsto para ese día era recorrer tres vías verdes me puse en marcha hacía Sanlúcar de Barrameda donde quería empezar la Vía Verde de entre ríos. No había ninguna razón especial. La vía verde discurre entre Rota y Sanlúcar pasando por Chipiona. Por tanto, y dado que esa zona es absolutamente llana, prefería empezar en Sanlúcar donde ya conozco algún sitio para comer razonablemente bien.
Bueno, pues el viaje entre la vía verde de Matagorda y Sanlúcar lo hicimos el IBIZA y yo bajo la lluvia, tanta lluvia que malamente distinguía al coche que circulaba delante de mí.

En Sanlúcar, pese a la lluvia, estaba bastante animado. No encontré en los locales próximos a la avenida Bajo de Guía ningún sitio donde comer. Di varias vueltas con dos deseos, que dejara de llover para poder hacer la vía verde y que me dejaran un sitio para poder comer algo. Como tantas veces pasa, no se cumplió ninguno de los dos. Así que pasada media hora de mucho desear ambas cosas, volví al coche sin comer y decidí que la vía verde de Entre Ríos la haría en otro momento. Esta zona está en un sitio al que suelo volver habitualmente.
Hice el viaje hasta el comienzo de la siguiente vía verde bajo la lluvia. Como siempre que te desplazas entre la provincia de Cádiz y la de Huelva me tocó hacer 180 kilómetros ya que hay que llegar hasta Sevilla y retroceder en este caso hasta San Juan del Puerto (Huelva). El paso por Sevilla, como casi siempre que voy en coche, con atasco. Hasta el destino todo normal, pero con lluvia. Parece que no ha sido equivocado lo de abandonar “temporalmente” la vía verde de entre ríos.
En San Juan del Puerto tienen, como en todos los sitios, una calle mayor-principal, en este caso la Calle Real, por otro nombre A-5000. Cuando yo llegué al pueblo esa calle estaba totalmente levantada. Teniendo en cuenta que seguía lloviendo, que no había comido, que soy torpe y las obras en esa calle, me costó considerablemente orientarme en el lugar. Al final, como siempre, encontré un sitio donde alojarme y un aparcamiento para el IBIZA. Que mas podía pedir para el día que había empezado especialmente gris.
Tampoco tengo nada importante que reseñar del sitio. Que ya es mucho.
VÍA VERDE DE MOLINOS DEL AGUA
VÍA VERDE DE RIOTINTO
Comentaba en párrafos anteriores, que “teóricamente” planifico las etapas sentado cómodamente en mi casa. Pues para el día 28 de mayo había previsto hacer casi 140 kilómetros. Es lo que tiene la planificación, que no pesan las piernas mientras se hace.
Tenía idea yo, de recorrer primero la vía verde de los Molinos del Agua entre San Juan del Puerto y Valverde del Camino y continuar por una vía verde “no oficial” denominada de Riotinto. Que diferencia entre lo planificado y lo realizado.
Salía yo ese día a eso de las 8:30 con todo guardado en el IBIZA menos la bicicleta y los bidones de agua.
La salida de la vía verde de los Molinos del Agua estaba bien señalizada, pero según avanzaba por zonas de cultivo de cereal y girasol la señalización desparecía o yo no la leí correctamente.
Al llegar a Trigueros (primer pueblo del recorrido) me salieron los paisanos colaboradores que yo denomino. Son aquellos que no teniendo ni idea de lo que están hablando te dan indicaciones para que no llegues a donde vas. Conclusión, recorrí el pueblo hacía un lado y hacia otro dos veces para averiguar al fin que la vía verde continuaba a 100 metros de donde había preguntado por primera vez. Que amabilidad la de los “paisanos colaboradores”.
Gracias a la falta de señalización y sobre todo a mi impericia en interpretar correctamente el Google Maps acabé detenido en mitad del monte. Vi un vaquero montado a caballo que me paró para facilitar el paso del ganado vacuno entre un campo de pasto y otro. La interrupción pudo ser muy pequeña, todo el ganado paso de un lado al otro del camino en menos de diez minutos. Todo el ganado menos un novillo o novilla que decidió que tomaba el pelo a los vaqueros y por extensión a mí.
El parón duró, gracias al novillo o novilla díscolo, más de media hora que aguanté impasible al sol.
Continuar el camino fue complicado. Una parte fue por la vía verde y otra parte vaya usted a saber por dónde. No creo que el trazado original de la vía verde pase por pinares, otros caminos impracticables y algún trazado de carretera. Conseguí volver a la vía verde a la altura de la Fuente de la Corcha, poco antes del antiguo apeadero de Pallares.
Pasado estos tramos de “aventura” ya seguí por la vía verde que en este tramo está asfaltada y muy bien señalizada. Quizá la parte que yo he entendido como mal señalizada no ha sido culpa de los diseñadores de la vía verde sino mía que me he perdido.
Han sido 250 metros de subida en los 34 kilómetros de vía verde. Por el calor, por los despistes o por falta de entrenamiento he llegado a Valverde del Camino exhausto. Estábamos casi a 40º y eran las 13 horas. Como muchas otras veces, sobre la marcha, cambié los planes que había elaborado meticulosamente en casa.
Decidí que desistía de la vía verde clandestina de Río Tinto (no figura en la página de vías verdes) y que la vuelta hasta San Juan del Puerto la iba hacer como un señor.
Fui directamente a la Policía Municipal de Valverde del Camino y les pedí que me buscaran un taxi para bajarme a mí y a la bici al comienzo de la etapa. Buscaron al único taxista que hay en el pueblo y tras una leve negociación, yo no tenía ganas de discutir, acordamos que me bajaba por 40 €, ciertamente un poco caro, pero como no me veía perdiéndome otra vez por esos caminos, están bien gastados.
Como no pensaba ya recorrer la vía verde “clandestina” decidí subir hasta Riotinto para hacerme una idea del lugar. No resultó muy fructífero el viaje. El Museo de la Mina estaba cerrado y el río estaba totalmente seco y no ha sido posible ver los paisajes lunares que aparecen en algunos documentales sobre el sitio. Que le vamos a hacer.

La etapa del día siguiente la iba a empezar en el Puerto de la Laja y como persona disciplinada que soy, hasta allí que fui. Cuando llegué, comprobé que aquel sitio era un pequeño caserío con no más de diez casas que obviamente ninguna se dedicaba al alojamiento de incautos como yo.
Vuelta sobre mis pasos y acabé en Sanlúcar de Guadiana. Es un lugar que ya conocía. Había pernoctado allí cuando recorrí en 2019 el río Guadiana, exactamente el día 30 de mayo.
El pueblo es muy agradable, la anchura del río Guadiana es de más de 500 metros, tanto que el recorrido entre Sanlúcar y Alcoutim que es la ciudad portuguesa que está enfrente se hace mediante barco y sorprendentemente con la “tirolina” más larga de Europa (720 metros). Lo primero, el barco, lo utilice cuando estaba recorriendo el Guadiana. La tirolina ni cuando recorría el río ni cuando estoy recorriendo las vías verdes. Dice la documentación del lugar que se hace el recorrido suspendido de una cuerda a una velocidad de 70 km/h, lo adecuado para mi vértigo.
Acabé por tanto el día 28 de mayo de 2021 durmiendo en el Hotel los Molinos de este pueblo. Habían pasado dos años menos 2 días de mi anterior pernoctación. Casualidades.
VÍA VERDE DEL GUADIANA
VÍA VERDE DE ITÁLICA
VÍA VERDE DE EL RONQUILLO
Como el día 29 de mayo empezaba la jornada a 20 minutos de coche de dónde empezaba la etapa, me levanté a las 6:15 de la mañana para empezar pronto. Claro que no me costó mucho. Acostarme pronto el día anterior ayudó, pero el canto de los gallos, no sé si españoles o portugueses (o de los dos) ayudó todavía más. En casi dos años se me había olvidado completamente, pero empezaron a hacer su característico “Quiquiriquí” y me acordé de los instintos asesinos que me habían entrado la vez anterior. Decidí que esta vez obviaba el instinto asesino de gallos, me tomaba un café en una de las salas comunes del Hotel, y me marchaba rápidamente hacía el Puerto de la Laja.
Cuando llegué al lugar no vi a nadie de las 10 casas levantado, así que como conocía el camino emprendí la vía verde del Guadiana.
El paisaje de la vía verde es muy interesante. Durante todo el camino de subida hasta la aldea minera La Isabel (en el municipio del Almendro), no encontré a nadie. Menos mal que ese día estaba orientado y que la señalización era buena. Tendría que haber esperado un par de horas para preguntar a alguien si lo hubiera necesitado.
Muy agradable la vía verde y por tener tiene hasta un pequeño túnel para darle color al recorrido. El objetivo de este ferrocarril era bajar el mineral (cobre y azufre) desde la zona minera al Puerto de la Laja (municipio del Granado) para embarcarle y exportarle a través del río Guadiana.
Una vez finalizada la vía verde, en la aldea de la Isabel y sin poder saludar a nadie, ya que nadie había, me fumé un cigarro y emprendí la vuelta a la casilla de salida. Ya en el camino de vuelta me encontré con los primeros incautos que pretendían hacer lo que yo en ese momento acababa.
Llegado al final y tras guardar la bici en el IBIZA me acerqué a saludar a dos paisanos que había conocido el día anterior, ellos pensaban que llegaba en ese momento y les aclaré que ya estaba de recogida. La temperatura del día así lo recomendaba. Me contaron que el día anterior, aunque era propicio según me dijeron, no habían pescado nada. Fatalidades del destino.
Como ese día tenía pensado recorrer mas vías verdes emprendí la marcha, parando en El Granado para tomar un segundo desayuno.

Otra vez de viaje hasta Camas (Sevilla). Allí comienza la vía verde de Itálica. De verdad que porque lo dicen los de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, pero eso es un carril bici que une Camas con Sevilla y nada más.
Es tan escaso el recorrido de la vía verde que tarde el doble de tiempo en sacar la bici, montar la rueda delantera, vestirme adecuadamente, desvestirme del atuendo de ciclista, quitar la rueda delantera y guardar la bicicleta en el IBIZA que lo que tardé en recorrer la vía verde en los dos sentidos. Y encima tampoco tiene ningún valor paisajístico. Vamos que hice esta vía verde por el propósito que tengo de hacer todas las que pueda, pero ésta es prescindible.
Habíamos recorrido dos vías verdes de las tres previstas. Me dirigí hasta El Ronquillo dónde decidí comer antes de comenzar la Vía Verde del Ronquillo.

Me senté en una terraza céntrica del pueblo. Pedí unas tapas de tortilla de camarones y de chocos. Mientras daba cuenta de esa comida sucedió una de las situaciones más desagradables que he visto en mucho tiempo. Paso a narrarla según la versión que yo he elaborado de lo que pasó.
Un joven del pueblo (padre separado) pasaba la hora de la comida con su hijo, no mayor de 3 o 4 años. Se veía que tenía las mismas ganas de estar con el muchacho que de estar en “las calderas de Pedro Botero”, vamos que tenía otros planes y le habían jodido el día.
Seguramente porque no tenía otra cosa que hacer que mirar el móvil y atender al muchacho, el padre le insistía con bastante mal carácter para que el niño comiera. Parece que lo del joven no era el arte de la palabra, ya que tras dos o tres veces de insistirle para que comiera, empezó de forma contenida a darle capones. Expresaba su impotencia, no creo que le hiciera daño, pero había mucha violencia acumulada en esos capones y en el acto que a continuación realizó. El niño tenía un coche amarillo de 30 cm de alto. Sin mediar palabra y supongo que, para no darle fuerte al niño, estampó el coche contra el suelo con el resultado evidente. Se destrozó completamente.
En ese momento se me atragantaron las tortillas de camarones y los chocos. Estaba presenciando un acto de violencia contra un niño y no dije nada. Me sentí ciertamente un cobarde. No es una disculpa, los del pueblo que antes habían estado hablando con el agresor tampoco dijeron nada. Pero yo actué como un COBARDE.
Este episodio de violencia domestica no sé como finalizó. Pedí la cuenta y salí de allí lo más rápidamente que pude. No sabía cómo intervenir y no quería seguir viendo como se producía un maltrato delante de mis narices.
Según tenía previsto me dirigí al final de la vía Verde del Ronquillo para iniciar el camino al revés de lo indicado en la guía.
Abriendo alguna cerca y olvidando el significado de las señales de tráfico me planté en el lugar adecuado, esta vez sí, con la ayuda de Google.
Abandoné el IBIZA a su suerte y siguiendo la vereda del Embalse de Minilla recorrí la vía verde empezando a las 4 de la tarde. Llevaba bastante agua y además compré más en el Hotel situado en la otra punta de la vía verde.
En el recorrido hay bastantes cancelas cerradas para evitar que el ganado pase de un lado a otro. La operativa en esas cancelas es bajarte de la bici, abrir la cancela, cruzar andando, cerrar la cancela y seguir la marcha.

Esa operación la tuve que repetir bastantes veces tanto en el viaje de ida como en el de vuelta. Pese al cuidado que tuve y que, seguro que tienen el resto de los usuarios de la vía, me encontré unos caballos que habían traspasado todas las cancelas y estában tranquilamente en medio de la vía verde.
Al final del recorrido podía decir que había realizado como tenía previsto tres vías verdes en un día y estaba satisfecho. Cansado, pero satisfecho.
En el lugar donde había abandonado el IBIZA no había nadie y dado que había una dirección prohibida que impedía llegar hasta allí dudaba que fuera a aparecer nadie.
Si existiera algún dios, esté decidió castigarme en ese momento por mi acto de cobardía anterior. Guardé la bici, me despojé del casco, guantes y el resto de las cosas características del atuendo de un ciclista y cuando me fui a montar en el IBIZA comprobé que estaba cerrado y las llaves en el asiento del copiloto.
Otra vez a sacar la bici. Me monté por la parte de atrás del coche y reptando conseguí las llaves. Todo esto a más de 40º C. Merecido el castigo de los dioses.
Ya en el coche comprobé que tenía muy poco combustible y que la bici la había metido de tal manera que el manillar se me iba clavando en los riñones permanentemente. Un poco más de castigo o de karma.
El cielo se portó “razonablemente bien” y cuando ya llevaba bastante rato en la reserva el IBIZA encontré un surtidor y pude reanudar el viaje con el aire acondicionado encendido y con el manillar de la bici haciéndome daño en los riñones. No se puede tener todo en la vida.

El camino que lleva hasta Cazalla de la Sierra, es una carretera de montaña como el nombre del pueblo al que me dirigía indica. Hay un tramo de más de 20 kilómetros en el que se puede circular a 20 km/h y en alguna curva tienes que reducir. El paisaje es muy bonito, pero no puedes parar en ningún sitio para hacer fotos. Cosas del camino.
En Cazalla de la Sierra conseguí un alojamiento que había mirado en Booking.com y que directamente me dejaron a mejor precio. Con eso creo que digo todo lo que quiero decir.
Como eran ya las 8 de la tarde, solo me dio tiempo a ducharme, tomarme una cerveza para tomar apuntes de lo que había pasado y cenar en el Bar Peña del Betis. Parecía uno de los sitios mas populares del pueblo. Tapa de ensaladilla, tapa de caracoles y tapa de carne asada. Barata y de calidad. Pronto a recogerme. Estaba bastante cansado.
VÍA VERDE DE LA SIERRA NORTE DE SEVILLA
Al día siguiente, 30 de mayo, era domingo y a diferencia de lo que hago habitualmente, decidí bajar a desayunar antes de ducharme. Bajé a la zona de bares y estaban todos cerrados. Volví al lugar del alojamiento para ducharme (por hacer tiempo) y pregunté a un paisano si había algún bar abierto. Me dijo que precisamente él abría el suyo en 10 minutos. Tiempo suficiente para ducharme y recoger. Cuando bajé a dónde me había indicado, comprobé que era el mismo bar donde había cenado. El bar Peña Betis. Así que desayuné y emprendí la marcha hacía la siguiente vía verde.
Hoy tocaba la Vía verde de la Sierra Norte de Sevilla. Parte de la estación de Cazalla-Constantina y llegar hasta el Cerro del Hierro.
Como no había recolocado la bici en el coche desde el día anterior, en el recorrido entre Cazalla de la Sierra y la estación, el manillar de la bici siguió molestándome profundamente.
El recorrido era por una carretera de esas que limitan la velocidad a 40 km/h y a esa hora el sol daba de cara. Ese día no encontré a nadie, así que aunque la carretera no era la más cómoda, tampoco tuve ningún problema en recorrer los 10 km del recorrido.
Cuando llegué a la estación aparqué en el sitio en el que aparcan habitualmente los ferroviarios. Es decir, dónde se supone que daría la sombra cuando volviera. También podía haber aparcado en cualquier sitio. No había nadie.
La vía verde de la Sierra Norte de Sevilla no empezó bien. Mal señalizada y era todo un bache. El paisaje era de bosque de ribera mezclado con algunos cultivos. Pasados los primeros 4 kilómetros que transcurren por el camino indicado y por el paisaje descrito. Sorpresa. Pero sorpresa de las buenas.
Había una vía verde perfectamente asfalta, señalizada y con bancos para que la gente pudiera descansar durante todo el recorrido. Las vistas seguían siendo de bosque de ribera hasta que poco a poco se convirtieron en un bosque mediterráneo precioso.
Tomé nota de como en esta vía verde ejecutada por la Junta de Andalucía habían solucionado los cruces con caminos y carreteras. A un lado y a otro de la carretera o el camino y dentro de la vía verde habían colocado una doble barrera, por lo que necesariamente tienes que reducir la velocidad de pedaleo y te obliga a mirar para realizar el cruce. Un sistema realmente seguro para ciclistas de esta vía verde.
Seguía siendo bastante pronto y por tanto salvo los caminantes habituales de los pueblos, no encontré demasiada gente.
El objetivo era llegar al Cerro del Hierro y seguí por tanto pedaleando. A poco más o menos de un kilómetro del final del camino, me encontré un paisano mayor. Y para decirlo yo, que lo soy, tenía que ser mayor, mayor. Había llegado a la vía verde desde dónde viniera en una motocicleta de marca indefinida: Derbi, Bultaco, cualquiera de las que se usaban hace 50 años. Enganchado a la motocicleta llevaba un carro de más o menos un metro de ancho por un metro de largo. Era un carro con muy poca altura. Para solventar lo bajo que era el carro había dispuesto unas varillas de hierro de más o menos un metro en vertical de forma que tenía un metro cubico de capacidad. El señor mayor estaba limpiando los caminos con una hoz y los deshechos, los tiraba en el carro. Hablando con él me contó que en esa zona el invierno es duro y hay días que no se puede salir con las cabras, así que aprovecha lo recogido en el camino durante el invierno.
Gran utilidad la que hace gente como esta. La vía verde está limpia y se puede circular sin problema y además él obtiene un beneficio. No está nada mal el trueque.
Llegué hasta el Cerro del Hierro que es dónde estaba la mina que explotaron los ingleses (como tantas). A la izquierda según llegas y en la parte de arriba del cerro, se encuentran bastantes casas muy modestas. En ellas viven los mineros que trabajaron esa mina de hierro o sus descendientes. A la derecha y bastante alejados de las minas vivían en sus palacetes los Ingleses que explotaban la mina. Y como siempre que colonizan los ingleses, hasta una Iglesia anglicana se construyeron en su zona del Cerro de Hierro.
En la zona de la mina busqué donde estaba situado el Monumento Natural de los Kart del Cerro del Hierro y con la ayuda de un minero o descendiente de él, ya que no pregunté, llegué a ese paraje natural. Verdaderamente espectacular.
La vuelta perfecta. Podría haberla realizado casi sin dar pedales. Empezaban a proliferar los ciclistas que en ese momento subían y los andariegos (con o sin perro) eran multitud. Los bancos que estaban a la sombra tenían casi lista de espera.
El último tramo, el que está cerca de la estación de Cazalla-Constantina, ya nada tenía que ver con lo que yo había visto a la subida. En esa zona está situada el área recreativa de Isla Margarita y dado que era domingo, las familias habían aparcado a ambos lados del camino y recorrían el mismo con neveras, sombrillas, sillas, mesas y niños dando guerra. Lo normal en un domingo de excursión. Menos mal que yo ya estaba acabando.
En la estación dónde había abandonado el IBIZA solo y triste, le encontré acompañado de bastantes coches que dejaban al sol, ya que no tenían otro remedio.
Otra vez volví a Cazalla de la Sierra. En la Estación no había cobertura y tenía que buscar el camino adecuado para mi siguiente destino. Comprobé como llegar a Azuaga, pueblo fronterizo entre Sevilla y Badajoz aunque del lado extremeño y hasta allí me fui.

Encontré un hotel de booking a mejor precio, otra vez, hablando directamente con el hotel. El paisano se presentó en el hotel vestido como yo. Con culote y maillot. Venía de andar en bici.
Acoplado en el hotel y cambiado de ropa bajé a comer y encontrar un sitio fue bastante dificultoso. Era el domingo de las comuniones de Azuaga. Todo estaba lleno.
Como la temperatura era de autentico verano, decidí aprovechar parte de la tarde para sestear un rato y luego, cuando bajaran un poco, hacer la visita cultural. Castillo de Miramontes, Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación, sus calles con casas blancas y, sobre todo; las vistas que desde el castillo se tienen de toda Sierra Morena.
La cena fue menos complicada, los de las comuniones ya se habían retirado a sus aposentos y se podía entrar en los bares o encontrar sitio en las terrazas para cenar. Ya sólo quedaban los que se habían alegrado mucho con el acontecimiento religioso de su familia y seguían celebrándolo, pero eran los menos.
Otra vez a recogerse pronto. Que hay mucho que hacer.



























































































