220529 El día de la mascarilla.
Mira que hemos pasado meses con “el bozal” en la cara, mira que nos habíamos acostumbrado a parecer más interesantes ya que no se nos veía nuestra faz completa. Pero llego el momento de que levantaran la veda y parece que se nos ha olvidado que no hay que usar la mascarillas en general, pero hay unas excepciones.
Y hoy de golpe me he encontrado con casi todas las excepciones posibles. Como dije ayer en mi entrada, a muy primera hora del día tomaría un par de trenes hasta llegar al Puerto de Santa María. En ambos trenes y he pasado bastante rato montado en ellos era obligatorio el uso de mascarilla. Pues Mariano con el “bozal”. Cuando he acabado mi recorrido con la bicicleta de hoy, y para volver al Puerto de Santa María, he cogido un autobús en Sanlúcar de Barrameda. En el autobús la mascarilla otra vez. Y después de descansar un rato en El Puerto, he salido a dar una vuelta y al ver una farmacia abierta he pasado a comprar cigarrillos de mentol. He ido a entrar en la farmacia tal como estaba y el farmacéutico desde dentro me ha indicado que allí también existía la excepción. Antes he dicho que he pillado casi todas las excepciones. La única que no me ha afectado, de momento, es la de un establecimiento sanitario. Cruzo los dedos para no tener que pasar por uno de ellos.
Lo que son las cosas. Tenía el despertador para que me informara de que me debía levantar a las 6 de la mañana y a las 5 y 10 ya estaba en pie y perdiendo el tiempo hasta la hora de la salida del tren.
Fuí a lavarme la boca y sorpresa, no salía agua ni en el lavabo ni en la ducha. Como estaba en un hostal “poligonero” no había nadie disponible para protestar.
Leí un poco la prensa, preparé parte de la alforja y entre unas cosas y otras dieron las 6 de la mañana y por todo lo que había rezado en ese tiempo, la ducha comenzó a soltar un poco de agua. No mucha, pero suficiente para lavarme la boca y ducharme. No empezábamos mal el día.
Acabé de organizar la alforja, monte todo en la bicicleta y salí de ese hostal a las 6:45 horas. Me sobraba una hora y cuarto para la salida del tren. Y estaba solo a dos kilómetros.


En la plaza de pueblo que es donde está el ayuntamiento, también está una churrería que gestiona el, según los parroquianos de esa hora, el único ciclista de Pedrera. Me pedí mis dos cafés, mi medía tostada y desayuné con toda la tranquilidad del mundo. Como todavía tenía mucho tiempo me pedí un último café y a este me invitó el ciclista del pueblo.
A las ocho menos veinte ya estaba en la estación. No había nadie más en la estación y encima está en obras.
Paseo para arriba y para abajo en la estación hasta que a lo lejos se vislumbró la luz del tren, preparé la bicicleta para subirla al tren y al poco ya estaba camino (en principio de Sevilla).



El interventor hizo varios intentos de hacerme el billete y tras tirar la toalla, me indicó que era mejor que bajara en DOS HERMANAS y que allí enlazara con el tren de Cádiz.
Así lo hice. Bajé en Dos hermanas y para cruzar las vías había un ascensor donde lógicamente no cabía la bicicleta. Número circense para poner de pie la bicicleta en el ascensor de un andén y en el del otro y con pequeño descoloque de los bultos pasamos la prueba.
Saqué el billete hasta el Puerto de Santa María y ya que estaba, los de mañana hasta Dos Hermanas y desde esa estación hasta Marchena para empezar la siguiente etapa.
Ya en el Puerto de Santa María y sin mascarilla me fuí hasta el Hotel Crisol Monasterio de San Miguel. Como esperaba no estaba disponible la habitación. Deje la alforfa y con lo imprescindible para el viaje salí en dirección a Rota.



Carriles bici, carreteras, intento abortado de entrar en una autovía, de todo. Cuando me decían los carteles que faltaban tres kilómetricos a Rota ví a mi derecha la cartelería propio de las vías verdes y sin encomendarme a nadie salí de la carretera y me dirigí a ese camino.

El primer ciclista que pasó, y no quiero hacer mofa, fué el “gangoso” de Rota. Ponerme de acuerdo con él sobre la longitud y el inicio de la vía verde fué bastante complicado. Pedaleamos un rato juntos y cuando llegamos a lo que parecía el inicio de la vía verde, comprobé que ponía kilómetro 1,7, por lo que faltaban al menos esos metros para llegar al inicio de la vía verde.
El ciclista que me acompañaba me indicó que supuestamente seguía ese carril por “bidegorris” gaditanos hasta el Puerto Pesquero. Aprovecho para contarme algo sobre el poder de los americanos y como habían cortado el camino que en su momento seguía el tren.
Fuimos poco a poco y se quedó en un mercadillo. Yo llegué hasta el mar y mandé un video a casa con vistas de la bahía y de la base naval de Rota.

Vuelta sobre mis pasos y a circular por la vía verde de Entre Ríos. Ya comenté que cuando empezaba en este empeño de recorrer las vías verdes, cuando iba a recorrer esta empezó a diluviar y desistí. Tener durante todo un año pendiente esta vía verde ha sido una tontería. Es una vía verde totalmente prescindible. Yo soñaba que todo el recorrido se realizaría por la costa y según paseaba en bicicleta vería el mar a mi izquierda.




Pues no, la vía verde discurre por la parte de atrás de todo. Algún cultivo, muchas casas y sus correspondientes cubos de basura y una falta de señalización que “alucinas”.
Me perdí varias veces, me metí por la Urbanización Costa Ballena, que es como todas las urbanizaciones costeras pero con campo de golf. Volví a la carretera, volví a la vía verde y a lo lejos vislumbré el magnífico faro de Chipiona. No me acerqué a verle, pero tampoco al monasterio de la Virgen de Regla, ni al monumento a la “Jurado”. Seguí pedaleando por una vía verde que cada doscientos metros tiene un cruce con una carretera. Peor no puede ser.




Y en un cruce como todos los anteriores no había continuidad hacia Sanlúcar. Paré y un paisano que circulaba en un Vehículo de Movilidad Personal, me indicó que era el final y que para llegar hasta Sanlúcar había que seguir por carretera. Continué por donde me indicó y poco a poco llegué hasta Bajo de Guía de Sanlúcar. Como esperaba estaba absolutamente saturado de gente y comer allí era casi una proeza. Marcha atrás y camino de la estación de autobuses ví como desmontaban la fería que se había celebrado la anterior semana. Calles cortadas, alguna dirección prohibida y llegué con tiempo para coger un bús camino otra vez del Puerto de Santa María.




Salía a las 15:15 y no había comido, pero tampoco había tomado ni una sola cerveza.
Que dura es la vida del “trotamundos”.
El conductor del autobús me recordó las normas de desmontar la bicicleta, meterla en una funda y todo eso. En cualquier caso, y por 2,05 euros me desplace hasta el Puerto.
Casí a las cuatro de la tarde llegué al “ROMERIJO” y conseguí comer unos chocos y unas tortillas de camarones.


Acabada esta parte, me fuí al hotel y ya conseguí mi habitación.
Antes de continuar, el cielo a estado cubierto todo el día y como recuerdo de lo que me pasó el año pasado, han caído dos o tres gotas de lluvía.
Situado en el hotel. Siesta, descando y ducha con mucha agua.
Una vuelta por la ciudad en la que no hay nadie, están todos en la feria. Y mejor.





Ha sido una “tonta” escapada al mar para recorrer una vía verde que no aporta nada. La apuesta es recorrer todas y esta también.
Sentado en una taberna Irlandesa tomando una cerveza concluyo esta entrada.
Cuando ya había acabado pude cenar unas ortiguillas y unas pocas gambas. Vamos lo habitual en el Puerto para los que no somos alérgicos a los productos Del Mar y nos quedan unos pocos euros para disfrutar.
Mañana otra vez mascarillas y desde Marchena seguro que vuelvo al mundo “olivo”.
Veremos como se dá la próxima etapa. Como novedad el tren no sale hasta las diez de la mañana.