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Dependiendo de la época y de la edad del o de la que cumple años la celebración se ajusta a una serie de normas que nos damos y que cumplimos con normalidad.
En el tiempo en que yo era pequeño, es decir en la prehistoria, los cumpleaños de los niños se celebraban en familia y no recuerdo que en ningún momento disfrutáramos de fiestas con los compañeros de colegio. Cuando los celebraba Alba, que ya tiene una edad, salvo los primeros en los que ella no era consciente de lo que podíamos manipular los adultos, la celebración se realizaba en distintos lugares y asistían determinados compañeros y compañeras de su colegio y amigos.
Ahora, por lo que cuenta Ruth, los cumpleaños de los niños son con bastante boato y siempre fuera del domicilio familiar para que todos estén más cómodos. (Yo diría que es para que no les manchen la casa a los padres), pero eso es solo una opinión.
Los cumpleaños de los adultos en esta época consisten en tomar algo con los amigos o celebrar una comida o cena. Cuantos más años se cumplen, las ganas de celebración disminuyen y finalizan siendo como en la más tierna infancia, con los familiares más próximos y poco más. En mi caso, que ya he cumplido 68 años, una comida con los más íntimos de la familia y poco más.
Hubo un tiempo, que todavía recuerdo con algo de añoranza, en el que el cumpleaños de un adulto se celebraba con visitas familiares para tomar café o una cerveza en casa del homenajeado acompañados los líquidos con unas pastas o unas aceitunas.
Hablo de esto por un recuerdo muy nítido que tuve el día 17 de enero de 2024. El día de San Antón, era el cumpleaños de mi padre. En los tiempos en que viví en su casa, la celebración de su cumpleaños consistía siempre en una serie de momentos que se reproducción invariablemente cada día de San Antón.
Cuando podía mi padre se escapaba hasta la iglesia del Salvador de Valladolid para ver parte de la bendición de los animales por su festividad. También se comprobaba si nos tocaba el cerdo que se sorteaba con unas papeletas que vendían en la Plaza de España de la ciudad. (Tuvimos la suerte de que nunca nos tocó: era un cerdo vivo), mi padre también se acercaba a la frutería de Vicenta (una amiga de la familia) que siempre le regalaba un pera de conferencia, que entonces eran de las más caras. Comíamos en familia: mi padre, mi madre, mi hermano y yo. Y antes de que nos levantáramos de la mesa, allí estaban mis dos tías más madrugadoras. Rufina y Angelines, que dependiendo del año acudían con más o menos “prole” a felicitar a su hermano.
Quiero suponer que se tomaban un café. Se que mi madre aprovechaba para sacar el resto que nos quedara de los dulces de navidad para que no se pusieran malos. Durante el resto de la tarde se presentaban distintos familiares y amigos para felicitar a mi padre. Mi tío Antolín (si descansaba), la tía Luisa, la tía Chon, mi tío Juanito (que además de ser hermano de mi madre era amigo de mi padre desde la juventud) con la tía Carmina, mi tía Sara, el siempre presente mí tío Leonardo y según se iban haciendo mayores mis primas y primos sobrinos de mi padre con sus parejas e hijos. Aparecían siempre por allí los amigos más íntimos de mis padres: Agustín y Esperanza.
Bueno, eso era una forma de celebración que correspondía a la época en que no todo el mundo tenía teléfono en su casa y que las distancias (al menos en Valladolid) no eran tan grandes como para que no se pudiera hacer un esfuerzo para dar un abrazo a uno de tus seres queridos.
Los tiempos fueron cambiando, los familiares empezaron a tener teléfono. No estoy hablando de móvil que mi padre nunca tuvo un artilugio de esos, pero las celebraciones fueron condensándose de alguna manera. En los últimos años íbamos los más próximos, comíamos con mis padres y mi hermano y anotábamos un año más en la casilla de su cumpleaños. Casi hasta su 90 cumpleaños el se ocupa de ir hasta la pastelería Marban que está junto al Mercado del Val a comprar una tarta de chocolate que todos disfrutábamos.
De los tiempos de los que he hablado no recuerdo ningún regalo especial que le hiciera nadie al que celebraba el cumpleaños. Solo un collar de caramelos que siempre le regalaban y que desgraciadamente no he visto ninguna foto en internet para acompañar esta entrada.

Ya os he puesto en antecedentes de lo que estoy hablando, pero ahora quiero hacer un pequeño paréntesis en la narración. Los días 10 y 11 de enero estuve en Valladolid con tres empeños que realizar durante la visita. La primera ver a mi hermano, la segunda ejercer de “terrateniente” con un piso alquilado que me produce más gastos que ingresos y la tercer traerme la bicicleta BH para poder sustituir a Hortensia cuando la llevo al taller. Cumplí con todo lo previsto. De vuelta de Laguna de Duero a Valladolid con la bicicleta vi a mi derecha la campa donde se celebraba a partir del jueves 11 la concentración motera de pingüinos. Estuve a punto de escribir una entrada sobre el tema. Se me había ocurrido un título que me parecía divertido: 24 Pingüinos en vez de como se llamaba el acontecimiento: Pingüinos 2024, pero la pereza y que quizás no era todo lo interesante que yo creía me hizo abandonar la publicación. Aproveché para ver una exposición de los pintores más conocidos de la ciudad en la Calle Miguel Iscar. Me interesaba especialmente la obra nueva de Manuel Sierra. Cuando llegué la exposición estaba finiquitada y de los cuadros de Manolo solo pude ver tres o cuatro. Otra vez será.





Después del viaje vallisoletano tuvimos aquí a Irene durante el viernes (tarde y parte de la mañana del sábado) y entre unas cosas y otras fuimos pasando el tiempo. Tampoco pude ponerme con el puzle regalo de Ruth. Entre llevar a Hortensia al taller, ir al dentista para que revisaran la parte de mi cuerpo que más se parece a RoboCop, y realizar algunas compras llegó el día 17 de enero de 2024.
Para ese día tenía una entrada para ver un concierto de Javier Ruibal en el Teatro Circo Price. Por la mañana estuve con la BH aprovechando que no hacía especialmente malo y el entrenamiento para los recorridos que tengo previstos para este año hay que hacerlos casi a diario.
Por la tarde, y con bastante tiempo, me puse a andar en dirección al Teatro Circo Price (apenas son cuatro kilómetros) y quise que en ese recorrido me acompañara mi padre un su 100 cumpleaños. Oye, que no me he vuelto majareta, sé perfectamente que mi padre falleció con 91 años y que hace 9 que me falta, pero para los más allegados la fecha de su 100 cumpleaños no podía quedar sin celebración.
Me acordé de las posibles “putadas” que le hice en mi juventud y como siempre, con su tolerancia, soporto sin demasiados enojos. Recordé también todo lo que trabajó en su vida, su bonhomía, su afición por la bicicleta que supongo que me contagió y sobre todo su curiosidad por todo lo que ocurría en el mundo, creo que de esa actitud también he heredado una parte. Bajamos hasta el Puente de San Isidro, cruzamos el río Manzanares y recorrimos todo el desarrollo urbano que han montado en la operación Mahou – Calderón. Ya están casi todos los pisos terminados (creo que vendidos) y ninguno ha salido por menos de medio millón de euros. Lo que es la especulación.
Desde el puente de Toledo hicimos el camino hasta Embajadores por el Paseo de las Acacias. Esa zona también era parte sus recuerdos de cuando estuvo alguna temporada en Madrid. Es verdad, que como casi siempre, me afeó bastante que siguiera fumando, pero es algo que ya tengo asumido. Llegamos con tiempo suficiente al Price para que nos diera tiempo a comprar el disco de Javier Ruibal “Saturno Cabaret”. Subimos hasta mi localidad (estábamos un poco apretados los dos en el asiento) y esperamos el comienzo del espectáculo. Estaba seguro de que podía ser un buen regalo de cumpleaños para él.
No conocía las canciones que presentó en el espectáculo, estuvo realmente divertido. Los dos disfrutamos bastante. A él siempre le gustaron estos “saraos”. El concierto tuvo además la actuación sorpresa de Joan Manuel Serrat, de Miguel Ríos y de Miguel Poveda. Un cumpleaños redondo. Por los cien años que hubiera cumplido y por el regalo que nos hicimos.





Ya veis que los tiempos cambian considerablemente. De tomar café con mis tías al principio de esta entrada a irnos ambos a un concierto en el Price.
Ahora, el día 19 que es cuando estoy escribiendo esto, he visto que mi primo Santi (Kaiser Sardón) celebra su 68 cumpleaños en Lanzarote.

También me dice mi amiga Maribel que los cumpleaños los dedica (en parte) a una celebración sexual. En esta época yo no he llegado a esta parte.
Como cambian los tiempos y que pendiente hay que estar para perderse lo menos posible.

Mi padre se hubiera adaptado perfectamente a los tiempos actuales y hubiera celebrado su 100 cumpleaños con la opción que yo le ofrecí o con cualquier otro más imaginativa que a él se le hubiera ocurrido.
Martiano querido, aunque más joven que tú, yo también he tenido ese tipo de celebraciones. Yo llevaba «sugus» (aquellos caramelos masticables) y daba dos a cada compañero de clase…..qué dispendio….je,je,,,,,. Me ha emocionado mucho la celebración de los 100 años de Mariano PADRE, seguro que le hubiera encantado….
Pedazo de artistas colaboradores en el concierto…..
Y bueno un poco de sexo en los cumpleaños si se puede no esta mal, mejor que los «sugus» que yo daba en el colegio, que lo que no se utiliza se atrofia.
Amigo, que bueno leerte.
Un abrazo de tu grupee favorita.