240923 la vendimia.
El bar del hotel de Tembleque cierra los lunes. Me tocó ir un par de kilómetros en dirección contraria para desayunar. Está claro que en coche dos kilómetros no se notan, dos kilómetros de ida y otros dos de vuelta son cuatro en bicicleta. No digo más.
Teníamos un objetivo, dormir en Alcazar de San Juan, en el medio teníamos varios lugares que son parte de mi particular “Ruta de Don Quijote”, unos los he visitado, otros me les he ahorrado y al final he replanteado todo el recorrido.
Villacañas, La Villa de Don Fadrique, La Puebla de Almoradiel, Miguel Esteban y Alcazar de San Juan. Poco más de 75 kilómetros y una buena mañana de ciclismo.
Ayer se me olvidó comentar que había pasado por el terrible “penal de Ocaña”, parece terrible desde fuera. No quiero imaginar lo que sufrían los presos en esa cárcel dentro. Sé que soy injusto, me acuerdo especialmente de aquellos hombres que por su ideología eran encerrados en ese terrible penal.
Lo de hoy ha sido raro. Como soy un poco maniático, me ha jodido que al comenzar el recorrido las baterías estaban “solo” al 96%, que desastre.
Os voy a ser muy sincero, los distintos pueblos que he visitado no me han aportado mucho. He tirado algunas fotos, nada especialmente interesante. Creo yo.
Por el camino hay muchos majuelos, según avanzaba veía aquellos que ya habían sido vendimiados y los que no. Hojas lacias, terreno pisoteado y la falta de uvas nos describía claramente los viñedos que han sido recogidos. Aquellos que sus hojas están tersas y los caminos están inmaculados son los que todavía tienen pendiente su recolección. No he podido parar. Circulaba por la carretera. He visto dos tipos de vendimia. La de la familia que está recolectando sus terrenos y la de aquellos que contratan personal y ponen en la vendimia cada uno de sus posibles para conseguir hacer una buena recolección. Un grupo de inmigrantes trabajando, el propietario de los viñedos coordinando es lo que caracteriza este tipo de vendimia. Del primer tipo tengo un ejemplo en Toro. Abelardo y Feli, tenían unas viñas, cada año en tiempo de vendimia recurrían a sus tres hijos e incluso en algún momento echaron mano de mi suegra para recolectar el fruto de su trabajo.

El segundo tipo de recogida de uvas me recuerda a mi juventud. Para conseguir dinero y poder sacar el carnet de conducir, me fui a la vendimia a Matapozuelos. Es verdad que los propietarios vendimiaban mucho más rápido que nosotros.
Tuvimos suerte. El tiempo amenazaba lluvía y el paisano propietario de las viñas se empeñaba en pagarnos (año 1972) 300 pesetas por día. Viendo que se le podía “joder” la cosecha nos plantamos y le exigimos 400 pesetas por día. Ganamos la batalla. No tenía ni dieciocho años y ya estaba dando por el culo a la patronal.
Acabada la vendimia en la denominación de origen “Rueda”, todavía no existía. Me fui a completar los ingresos a CIGALES. Coincidí en el viñedo con mi buen amigo José María Fernandez Calleja. Chomín. Un gran peridista y una víctima del COVID.
En CIGALES conseguimos que nos pagaran 450 pesetas día. Había que pagar el autobús de Valladolid a CIGALES y vuelta, compensaba.
Conseguí mi carnet de conducir en el año 1973, Para que nos hicieran un diez por ciento de descuento: 6300 pesetas en Autoescuela Tudela, había que hacer un grupo de cinco personas: Ángel Allué. El Porno, El Nazí, Otro que no recuerdo y yo.

Llegado al momento en que he contado todas las bobadas que tenía guardadas nos enfrentamos al momento de la verdad.
He llegado a Alcazar de San Juan, la verdad es que no he visto nada que fuera especialmente interesante. Este pueblo, como todos, es un ejemplo de magnífico de las marcas. No voy a pelearme con ellas.
Comí Duelos y quebrantos emulando a Don Quijote. Es un plato delicioso y en el lugar que lo he comido lo preparaban bien.
Estamos mirándonos el ombligo, dicho eso, es posible que sigamos disfrutando del viaje. Que se joda el camino.






Dos pequeñas cosas para cerrar este capítulo, hoy he comido Duelos y quebrantos. Página uno del libro que nos acompaña.
En cuanto a la vendimia comentar las opiniones de Don Miguel sobre las uvas.
He felicitado a mi amigo Fernando Marín, ciudadano de Ciadad Real. Me ha deseado una feliz estancia en tierras de la Mancha.
CAPÍTULO PRIMERO
Que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha[2] En un lugar[3] de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,[4] no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero,[5] adarga antigua,[6] rocín flaco[7] y galgo corredor.[8] Una olla de algo más vaca que carnero,[9] salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados,[10] lantejas los viernes, algún palomino de añadidura[11] los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.[12] El resto de ella concluían sayo de velarte,[13] calzas de velludo para las fiestas,[14] con sus pantuflos de lo mismo,[15] y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino.[16] Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza[17] que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años.[18] Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro,[19] gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir[20] que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada»,[21] que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana». Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.[22] Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso –que eran los más del año–, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura[23] para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos; y, de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva,[24] porque la claridad de su prosa y aquellas intricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos,[25] donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza…».[26] Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara
CAPÍTULO LI
Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos tales como buenos Amaneció el día que se siguió a la noche de la ronda del gobernador, la cual el maestresala pasó sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro, brío y belleza de la disfrazada doncella; y el mayordomo ocupó lo que de ella faltaba en escribir a sus señores lo que Sancho Panza hacía y decía, tan admirado de sus hechos como de sus dichos, porque andaban mezcladas sus palabras y sus acciones, con asomos discretos y tontos. Levantose, en fin, el señor gobernador, y por orden del doctor Pedro Recio le hicieron desayunar con un poco de conserva[1] y cuatro tragos de agua fría, cosa que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de uvas; pero viendo que aquello era más fuerza que voluntad, pasó por ello, con harto dolor de su alma y fatiga de su estómago, haciéndole creer Pedro Recio que los manjares pocos y delicados avivaban el ingenio, que era lo que más convenía a las personas constituidas en mandos y en oficios graves, donde se han de aprovechar no tanto de las fuerzas corporales como de las del entendimiento. Con esta sofistería[2] padecía hambre Sancho, y tal, que en su secreto maldecía el gobierno, y aun a quien se le había dado; pero con su hambre y con su conserva se puso a juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció fue una pregunta que un forastero le hizo, estando presentes a todo el mayordomo y los demás acólitos, que fue: —Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío, y esté vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso… Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo de ella una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario había cuatro jueces que juzgaban[3] la ley que puso el dueño del río, de la puente y del señorío, que era en esta forma: «Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar, y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna». Sabida esta ley y la rigurosa condición de ella, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad y los jueces los dejaban pasar libremente. Sucedió, pues, que tomando juramento a un hombre juró y dijo que para[4] el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron: «Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y conforme a la ley debe morir;

Mariano, no dejas de sorprenderme, también vendimiador y reivindicador de jornal justo, me encantas….je,je…Y hombreeeee….tienes razón en lo del penal de Ocaña, por ideas, es penoso tener que pagar con tu libertad. En fin, cambiando de tercio, ¿que son Duelos y quebrantos?, a priori, buena pintaaaa…buena pinta no le veo, en fin si tú lo comes seguro que es de fiar.
Un besazo de tu grupee favorita.
wow!! 65240927 del castillo a la autovía.