240927 del castillo a la autovía.
Ayer comentaba que me había tocado dormir en el Castillo de Manzanares. Un autentico lujo. Cinco habitaciones tiene el establecimiento. El precio del mismo 62 € e incluye el desayuno. El pueblo no tiene demasiadas cosas que ver, pero el lugar merece la pena.
Conté que había ido a un taller de bicicletas por que oía un ruido muy desagradable en el cambio de Hortensia, no supieron hacer nada y de esa manera concluyo el momento bicicleta de Manzanares.




Por la mañana me he levantado a una hora razonable, he bajado todos los bártulos hasta Hortensia, he ido a devolver la llave y el recepcionista me ha sugerido que pasara a desayunar. Los cafés y la tostada tradicional y todo gratis.
Me han abierto el portón del hotel, y he emprendido el camino. Pretendía recorrer el camino hasta San Carlos del Valle para concluir el recorrido en Santa Cruz de Múdela.





El google Maps me ha mandado por distintos caminos. Estaban bastante bien y señalizados con una divisa verde como “ruta don quijote”. Deben ser caminos oficiales, cuando llevaba algo menos de diez kilómetros he visto un grupo considerable de ciclistas parados en el camino. Según me acercaba he comprobado que era un grupo de escolares (muchachos y muchachas de instituto) que realizaban una excursión ciclista. He hablado con los profesores y profesaras y algún mozalbete, siempre el gracioso de la clase, ha intentado vacilarme. He atajado la conversación con el muchacho sin demasiado miramiento. Pretendía cambiarme una bicicleta un poco “pulguera” por Hortensia. No le he dado opción.
El profesorado me ha recomendado la visita a la plaza mayor de San Carlos del Valle. Les he comentado que ese era mi objetivo. He seguido el camino y allí les he dejado componiéndose del esfuerzo que llevaban en el cuerpo.
Hortensia seguía dando síntomas de fatiga. Según cambiaba de “velocidad” el ruido subía el tono, avanzando poco a poco comprobé que las velocidades mayores me bloqueaban el pedaleo. Aproveché mientras pude las más cortas que me permitían avanzar. Pasé por campos casí desierticos y por majuelos en los que había un grupo de operarios recogiendo uvas.
Al final nuestra querida HORTENSIA se ha bloqueado y no he podido avanzar de ninguna manera. Pie a tierra, he hablado con un paisano de un grupo de vendimiadores y me ha indicado como llegar a la carretera más próxima.





Después de algo más de un kilómetro empujando la bici he llegado a la carretera CR-644 que une La Solana con San Carlos del Valle. He estado cerca de una hora esperando que apareciera un Bienvenido Cano como el del otro día. Vano intento. Intentaba parar solo furgonetas, pero solo han parado dos, que me han indicado que llevaban mucha carga y que era imposible montar la bicicleta.








Los demás a los que he suplicado que pararan han mirado para otro lado. Siempre hay gente buena por los caminos, pero hay mucho “hijo de puta”.
Cansado de esperar un buen samaritano he pensado un plan B, para salir de la situación. He buscado un taxista del lugar a donde pretendía llegar y le he llamado. Estaba disponible, me ha pedido que le mandara la ubicación y media hora o poco más después, ha aparecido con una furgoneta mercedes.
Lo de venir hasta Santa Cruz de Múdela no era un empeño ridículo, Tenía pagado el hotel en ese pueblo y además tiene estación de Ferrocarril que me puede evacuar de lugar.
José María que así se llama el taxista me ha comentado que unos ciudadanos de Madrid habían ido a San Carlos del Valle a comer y el lugar se había convertido en un sitio muy demandado. Todos estos de los pueblos deben pensar que en Madrid nos conocemos todos como ellos en los pueblos. Me ha dado el nombre de los comensales y no me sonaban de nada: Felipe y Leticia. Encima no me ha dado más datos.



Todo ha concluido sin que yo vea la plaza mayor de San Carlos del Valle y no haya podido sentarme en su bonita plaza mayor. Volveré.
El nombre del hotel de hoy prometía. Hotel Boutique Ángel. El taxista me ha desengañado rápidamente.
El hotel está en un área de servicio de la autovía que vá hacía Andalucía. Y no se ha equivocado. Gasolinera, restaurante, zona de aparcamiento de camiones y el hotel. Se puede llegar al pueblo andando, los camiones hacen bastante ruido según se dirigen al aparcamiento próximo al hotel.
La llave me la han dado en la gasolinera, Hortensia está guardada en el almacén de ese lugar y yo estoy varado en mitad de una autovía.
Sobre la avería de Hortensia tengo que citar a Tere, que como casí siempre tiene razón, me dijo que la ultima vez que llevé a revisar la bicicleta a Escapa no habían acertado en la reparación. Pues tenía razón y me cobraron una pasta.
CAPÍTULO LXXIV
De cómo don Quijote cayó malo y del testamento que hizo y su muerte Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya,[1] llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido[2] o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura que le tuvo seis días en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del bachiller y del barbero, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero. Éstos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le tenía de aquella suerte, por todas las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole el bachiller que se animase y levantase para comenzar su pastoral ejercicio, para el cual tenía ya compuesta una écloga, que mal año para cuantas Sanazaro había compuesto,[3] y que ya tenía comprados de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado, el uno llamado Barcino y el otro Butrón,[4] que se los había vendido un ganadero del Quintanar.[5] Pero no por esto dejaba don Quijote sus tristezas. Llamaron sus amigos al médico, tomole el pulso, y no le contentó mucho y dijo que, por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro. Oyolo don Quijote con ánimo sosegado, pero no lo oyeron así su ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar tiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante. Fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan. Rogó don Quijote que le dejasen solo, porque quería dormir un poco. Hiciéronlo así y durmió de un tirón, como dicen, más de seis horas: tanto, que pensaron el ama y la sobrina que se había de quedar en el sueño. Despertó al cabo del tiempo dicho y, dando una gran voz, dijo: —¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres. Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío y pareciéronle más concertadas que él solía decirlas, a lo menos en aquella enfermedad, y preguntole:
—Las misericordias –respondió don Quijote–, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas[6] de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa[7] leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte: querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala, que dejase renombre de loco; que, puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos, al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero, que quiero confesarme y hacer mi testamento. Pero de este trabajo se excusó la sobrina con la entrada de los tres. Apenas los vio don Quijote, cuando dijo: —Dadme albricias,[8] buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de «bueno».[9] Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios escarmentando en cabeza propia, las abomino. Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron sin duda que alguna nueva locura le había tomado, y Sansón le dijo: —¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? ¿Y ahora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes, quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí y déjese de cuentos. —Los de hasta aquí –replicó don Quijote–, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa: déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma;[10] y, así, suplico que en tanto que el señor cura me confiesa vayan por el escribano. Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque en duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron se moría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a las ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto concierto,[11] que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo. Hizo salir la gente el cura, y quedose solo con él y confesole.
El bachiller fue por el escribano y de allí a poco volvió con él y con Sancho Panza; el cual Sancho, que ya sabía por nuevas del bachiller en qué estado estaba su señor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzó a hacer pucheros[12] y a derramar lágrimas. Acabose la confesión y salió el cura diciendo: —Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento. Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían. Entró el escribano con los demás, y después de haber hecho la cabeza del testamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas,[13] dijo: —Iten,[14] es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que porque ha habido entre él y mí ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo de ellos ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno después de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga;[15] y si, como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera ahora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece. Don Quijote dicta testamento
II, LXXIV Y, volviéndose a Sancho, le dijo:
—Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo. —¡Ay! –respondió Sancho llorando–. No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver.[16] Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante[17] le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana. —Así es –dijo Sansón–, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad de estos casos. —Señores –dijo don Quijote–, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño.[18] Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy ahora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano. »Iten, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada,[19] a Antonia Quijana mi sobrina, que está presente,[20] habiendo sacado primero de lo más bien parado de ella[21] lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y la primera satisfacción que se haga quiero que sea pagar el salario que debo del tiempo que mi ama me ha servido, y más veinte ducados para un vestido. Dejo por mis albaceas al señor cura y al señor bachiller Sansón Carrasco, que están presentes. »Iten, es mi voluntad que si Antonia Quijana mi sobrina quisiere casarse, se case con hombre de quien primero se haya hecho información[22] que no sabe qué cosas sean libros de caballerías; y en caso que se averiguare que lo sabe y, con todo eso, mi sobrina quisiere casarse con él y se casare, pierda todo lo que le he mandado,[23] lo cual puedan mis albaceas distribuir en obras pías a su voluntad. »Iten, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto de esta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos. Cerró con esto el testamento y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo[24] en la cama. Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después de este donde hizo el testamento se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada, pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto. En fin, llegó el último de don Quijote,[25] después de recibidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallose el escribano presente y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió. Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio como Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente «don Quijote de la Mancha», había pasado de esta presente vida y muerto naturalmente;[26] y que el tal testimonio pedía para quitar la ocasión de que algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente y hiciese inacabables historias de sus hazañas. Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.[27] Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote, los nuevos epitafios de su sepultura,[28] aunque Sansón Carrasco le puso éste: Yace aquí el hidalgo fuerte que a tanto extremo llegó de valiente, que se advierte que la muerte no triunfó de su vida con su muerte.[29] Tuvo a todo el mundo en poco, fue el espantajo y el coco del mundo, en tal coyuntura, que acreditó su ventura[30] morir cuerdo y vivir loco. Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: «Aquí quedarás colgada de esta espetera[31] y de este hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía,[32] adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres: —¡Tate, tate,[33] folloncicos! De ninguno sea tocada, porque esta empresa, buen rey, para mí estaba guardada.[34] Para mí sola nació don Quijote, y yo para él: él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada[35] las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio;[36] a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa[37] donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva:[38] que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron,[39] así en éstos como en los extraños reinos. –Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión,[40] aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna». Vale.[41] FIN



Espero que mi buena amiga Hortensia no concluya su vida como el señor que me ha acompañado en este viaje. Seguro que tiene remedio. Pero aquí concluye mi viaje por la Ruta de Don Quijote. He conseguido anular dos de las tres habitaciones que tenía reservadas para los próximos días. Los del Hotel Almagro no me han permitido la anulación. Son mala gente. El hotel Puerto en Puerto Lápice y el Hotel Carlos V de Toledo no me han cargado nada.
Supongo que volveré a recorrer estos caminos. Según escribo mi amigo Mauro de Bilbao me desea que Hortensia no me abandone, ella tiene sus ideas particulares y me ha dejado colgado. Según mis datos llevo recorridos con ella 21.500 kilómetros desde que la compré en enero del pasado año. Tampoco está tan mal.

Como experiencia, decir que esta zona tiene infinidad de posibilidades y que el gobierno de la zona. Como decía el taxista desde Mari Cospedal al gobierno actual todos dicen cosas pero no se trabajan las posibilidades de la zona. Que poco costaría crear una ruta única de Don Quijote y cuanto turismo podría atraer. Seguiré peleándome contra los elementos.
Me decía ayer Tere que mejor no fuese hasta el próximo martes para evitar la situación de obras en las que nos encontramos en nuestro domicilio. No será posible.
